sábado, 14 de noviembre de 2015

la necesidad de lo evidente

hay momentos que te imponen su realidad pese a que trates de ignorarlos.

hablan de barbarismos cuando son simples salvajadas. 

y tratamos de justificarlo, de justificarnos, de buscar un sentido a lo que no lo tiene. y así verbalizamos de una forma incontenible, incontrolada, en ese intento claramente infructuoso y falaz, que nos hace auto excitarnos con cada nueva palabra para, repasado en frío, decir las cosas más extrañas y fuera de contexto que podamos imaginar.

pero, para aquellos que ni comparten ni comprenden esa violencia gratuita y totalmente desenfocada, esa verbalización se transforma en su válvula de escape, sin darse muchas veces cuenta de la escalada de violencia que realizan, quizás engañados por la falta de una expresión física, aunque ciertas palabras y expresiones a veces resultan mucho más físicamente violentas de lo que pudiera ser un buen puñetazo.

en fin, tratemos de no hacernos sangre, que parece que ya hay unos cuantos tratando de hacérnosla sin pedírselo.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

compra(me) la felicidad

y así, sin pensarlo un momento más, sin dar opción a la reflexión, pido, de nuevo, que me compren algo que no necesito, que no sabía que no necesitaba, que no imaginaba ni que podía existir y que no necesitaba absolutamente para nada pero que, de repente, es absoluta y completamente imprescindible para lograr la felicidad.

la felicidad, ese concepto tan elusivo que, a falta de conseguirla, se encuentran un millón de formas de suplantarla y sustituirla y, por qué no, protituirla. ¿para qué vamos a encontrarla si podemos pagar por algo que la sustituya, que nos aseguren que es lo que nos la ha de proporcionar?

sí, hace unos años unos vanguardistas vendedores de humo nos la intentaron colar con que la felicidad la podíamos encontrar en ¡un palo! mientras nos vendían cientos de cosas que, realmente, poca felicidad nos aportaban, más allá del hecho de que la mayoría no llegaban a ser ni meramente útiles. así que, ahora siguen por la senda clásica de mostrarnos que la felididad nos las dan las posesiones y que las podemos pagar en cómodos plazos...

no nos confundamos. la felicidad nos la da esa sensación de saciedad en nuestros estómagos, un día sí y otro también, y esa calidez que aleja el frío de nuestros pensamientos, ya sea por una buena manta o por habernos enroscado en una buena roca caldeada por el sol, pero sin la molestia del sol directo. más allá de eso, son pobres sustitutos que ni llenan los estómagos ni calientan nuestros cuerpos.

al fin y al cabo, cuantas más cosas materiales tienes, más preocupado estás porque alguien no llegue y se lleve alguna o, si por el contrario no tienes ninguna, estás preocupado por ver si puedes conseguir alguna, de la forma que sea. en cualquier caso, siempre estás preocupado por conseguir más, mantener lo que tienes y que el otro no tenga nada de lo que tienes. ¿y la felicidad? supongo que en la moneda que cambia de unas manos a otras y que nunca se queda quieta en ningún lado.

pero, para qué tantas cosas en las que buscar esa insustancial felicidad que, realmente, no la da el objeto en sí sino aquello que asociamos al objeto, aunque no tenga relación alguna. porque, para nuestra perezosa memoria, necesitamos ayudarla de los más dispares disparadores que nos aseguren la recuperación de esos momentos que queremos sean imperecederos, pero que se van haciendo por momentos más y más inconsistentes, con lo que acabamos finalmente cargados con cientos y cientos de cosas que no les encontramos sentido, pero de las que nos es imposible desprendernos.

sólo en el momento en el que nos tenemos que trasladar con todas nuestras pertenencias es cuando nos percatamos que las "cuatro cosillas" que creíamos tener se convierten en poco menos que demasiadas.

ahora que venga el guapo que se desprenda de todas ellas, con lo que nos ha costado conseguirlas, no sea el diablo que venga alguien y se las quede...

claro que ese prurito de dejarlo todo atrás y quedarnos sólo con lo que entre en una mochila, siempre está ahí. pero, ¿qué mochila? ¡hay tantas...!