miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cerramos, pues, un ciclo más, que arbitrariamente se ha puesto en.estas fechas y, arbitrariamente, se mantiene en ellas por tradición.

Como forma de registrar de forma lineal y consecuencial una serie de hechos, no dudo que pueda tener su sentido puesto que, de alguna manera, se ha establecido y se han convencido que, esa magnitud consecuencial de medir hechos y fenómenos, sólo puede desarrollarse de una determinada forma y manera, aunque ya hay algunos que, para determinadad circunstancias, consideran que podría tener alteraciones.

Lo más divertido es cuando te cuentan que algo "no existe' matemáticamente.

La estudiada limitación de los sentidos con los que el ser humano se pone en contacto con su entorno han marcado unívocamente la forma en la que entienden y experimentan este entorno, considerando que "no existe" o "es imposible" todo aquello que escape de su experiencia.

Así, cuando alguien tiene una forma diferente de experimentar su entorno y es capaz de contarlo y darlo a entender, lo más normal es que sea estigmatizado. Por supuesto, todos aquellos que ni tan siquiera son capaces de hacerse entender, son apartados automáticamente.

Esto, en términos reproductivos y evolutivos que es donde realmente nos interesa evaluar a una especie, es muy desventajoso para la especie humana. Esta especie ha centrado su recorrido en una supuesta capacidad para compartir información que, realmente, se centra en confirmar información. Se comparte un dato y se establece un rango de normalidad entre aquellos que compartan o corroboren ese dato, desechando a todos los que difieran de él.

Es como si, por alguna (siniestra) razón, a la humana, como especie, se la quisiera mantener dentro de unos estrictos parámetros que, para cualquier otra especie, en el mismo número de generaciones y presión poblacional, ya habría dado pie a un salto cualitativo y, sí, cuantitativo de esa estimación relacional con el medio.

Lo que en otros organismos encontramos como un "control de fallos" para evitar organismos no viables, en la especie humana se ha convertido en algo cultural que evita cualquier variación respecto a una medida establecida en un momento por una necesidad ya olvidada.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Lo más difícil, es tratar de expresar una idea de forma concisa y concreta, sin caer en la condescendencia ni el diletantismo.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Y si no... ¡nos enfadamos!

Hace mucho, mucho tiempo, como rezan muchos cuentos y alguma canción memorable, recuerdo haber visto, al menos, el título que le habían puesto a una de esas películas llenas de tortas que tanto parecían gustar en aquellos tiempos.

Conforme crecemos, nos intentan convecer que existen una serie de actitudes propias de los adultos y otras muy diferentes propias de los niños: actitudes pueriles.

Pero al crecer, te das cuenta que no es así y, muchas actitudes pueriles resulta que están promovidas por los adultos porque "así han de comportarse los niños", según su visión del mundo.

Más interesante resulta descubrir que esas actitudes pueriles se repiten con exasperante regularidad en los adultos que, curiosamente, no las consideran tales sino actitudes muy maduras y meditadas...

¡Manda narices! Que durante tantos años nos hayan estado diciendo que debemos abandonar toda una serie de "actitudes pueriles" que luego resulta que han sido los adultos los que las han propiciado para, finalmente, darte cuenta que los adultos son los verdaderos ejemplos de esas actitudes pueriles.

Tan sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor a los adultos que nos rodean, o peor, aquellos que nos dirigen y, en teoría, darnos mayor y mejor ejemplo y, cada vez me doy más cuenta que la única enseñanza que estamos recibiendo de ellos es que la puerilidad los domina. Se empeñan en cosas sin sentido, en salirse siempre con la suya, especialmente cuando no tienen ninguna razón y menos deberían empeñarse y, sobre todo, el argumento definitivo cuando se han quedado sin razones: "y si no... ¡nos enfadamos!"

Y si aún no están convencidos, miren, miren ustedes las noticias cualquier día, o miren a su alrededor y, con seriedad, díganme que esto no es así... pero no prometo no enfadarme.

lunes, 22 de diciembre de 2014

A vuela pluma

Hay momentos en los que me gustaría tener esa facilidad de oratoria, de palabra, para contar aquello que me ronda por la cabeza, que creo que tengo en esos momentos de semi-inconsciencia, de ensoñación consciente en los que creo que estoy plenamente consciente y despierto, aunque sé con completa seguridad que me encuentro completamente dormido y que estoy soñando que estoy despierto.

Hay momentos en los que me gustaría poder escribir a vuela pluma, del tirón, como creo que escriben los grandes escritores, trasladando de una vez, sin interrupciones, la obra que sueñan al papel.

Pero supongo que es una idealización, una ensoñación, una leyenda que realmente nunca se ha realizado porque, casi siempre que algún autor ha detallado su forma de trabajar, te cuenta que sigue un largo proceso que requiere una ardua documentación previa a empezar el acto de la escritura que se encuentra plagado de miles de pequeños momentos en los que se van fraguando los instantes que compondrán el relato, revisados una y otra vez hasta conseguir pulir el culmen que, finalmente, será presentado ante los lectores. A lo sumo, quizás, pequeños fragmentos se habrán escrito "solos", a vuela pluma, y permanezcan intactos, como fueron transcritos para su lectura final.

Claro que, si me paro a pensarlo, todo lo que escribo aquí, tiene que ser, casi por fuerza, escrito a vuela pluma porque, si me paro a pensarlo, quizás, nunca saldría más allá o permitiría que nadie lo leyese. Es más, cuando uno de estos escritos no terminan de surgir, termino por desecharlos porque, tras mirarlos más de tres veces, dándoles vueltas, sin encontrarles cómo continuarlos o terminarlos, al final, terminan desechados y sustituidos por otros que sí surjan y culminen por completo...

...a vuela pluma.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Imaginemos...

Imaginemos que...

Esta es sin duda la premisa fundamental de cualquier obra, ya sea escrita u oral. Si no hay un esfuerzo de imaginación por parte del receptor de la narración, la magia no se puede realizar y no se puede transmitir el hecho narrado.

Si nos dan las imágenes ya servidas, la imaginación se entumece y se aletarga...

Bueno, no realmente.

Para algunos, las palabras son insuficientes para lograr que surjan las imágenes en su imaginación. Por ello, por mucho que se esfuercen, nunca serán capaces de pasar más allá de la cubierta de un libro, jamás serán capaces de extraer toda la magia de sus palabras.

Para otros, en cambio, las palabras son el portal a nuevos y maravillosos universos, y las imágenes... ¡ah, las imágenes...!

Si algo se puede imaginar, ¡se puede crear!

Sin duda alguna, todos aquellos que despotrican contra los soñadores, contra la imaginación, son unos amargados porque carecen de esa capacidad para poder imaginar cosas, para dar ese salto mortal que supone pasar de lo meramente cotidiano, de lo que tenemos delante de los ojos, a aquello que está dos pasos más allá. Lo que no tienen delante de sus ojos no existe ni podrá hacerlo nunca. Si por ellos fuera, las cosas siempre seguirían igual, sin darse cuenta que el estancamiento lleva a la decrepitud y la descomposición. Las cosas no pueden permanecer siempre iguales, sino que se descomponen y mueren. La desaparición de los grandes imperios se debieron a ese estancamiento, a ese inmovilismo.

A quienes carecen de imaginación les asustan aquellos que tienen una imaginación desbordante, pues son capaces de ver cosas que ellos nunca serán capaces de ver, incluso cuando las tengan delante de sus narices. Es más, temen ese momento pues supondrá un cambio en todo aquello que siempre han conocido y no les gusta, para nada, los cambios. Quieren que todo permanezca siempre, eternamente igual.

Son esos seres carentes de imaginación los que se empeñan en repetir una y otra vez esquemas ya pretéritos y superados que se han demostrado una y otra vez que son ineficaces y defectuosos, que sólo conducen al fracaso y la decepción. Pero, cada pocos años, en un ciclo eterno de decadencia, reviven esos decrépitos esquemas y los presentan como algo nunca visto y novedoso. Pero, cuando se les plantea algo verdaderamente novedoso, que realmente puede funcionar, se revuelven contra ello como perros rabiosos.

La imaginación es algo verdaderamente portentoso y poderoso que asusta a aquellos que no la tienen y no la comprenden y, por lo mismo, la desprecian y quieren aplastarla. Si no hay imaginación, las cosas no cambiarán nunca y nadie les discutirá su posición y sus privilegios.

Y no, esos seres carentes de imaginación no son aquellos que piensan. Creen que saben camuflarse, repitiendo como papagallos descerebrados ante auditorios sin cerebro actos que no comprenden pero que consideran novedosos y nunca vistos...

No nos dejemos deslumbrar por los discursos floridos y, aunque no tengamos una desbordante imaginación, tengamos al menos una mente lo suficientemente ágil como para descubrir su mascarada.

martes, 16 de diciembre de 2014

Pensamientos para robots

Una de las cosas que te planteas al ponerte a escribir es pensar quién puede leerte o llegar a leerte alguna vez, y te planteas si es oportuno crear un diálogo con ese supuesto lector, al que intentas idealizar para así poder tener ese diálogo en suspenso que intentas, o no, que sea tu escrito.

Hasta la llegada de esta era digital, en la que todo el mundo, en teoría, puede acceder a estos medios y plasmar en ella cualquier cosa (literalmente), aquellos que plasmaban por escrito sus pensamientos, dudas, elucubraciones, ideas, paranoias, sueños, fobias y filias de toda condición, podían apenas vislumbrar a aquel que se sentaría frente a la palabra escrita y, con suerte, con el tiempo, quizás obtendría un pequeño feedback, una pequeña retroalimentación de su lector por algún medio indirecto. O directamente en aquellos casos en los que el escritor tenía una contacto directo con el lector (cosa rara, pues, de todos es sabido que la escritura es un hábito onánico, solitario por naturaleza, concentrado el escritor y su escrito).

Pero en esta era de "autopistas de la información", tenemos esa inmediatez, esa retroalimentación instantánea por parte del lector al escritor sobre aquello que ha escrito por medio de los comentarios que se pueden realizar a continuación de las obras compartidas y así, tal vez, adaptarse, mejorar o, simplemente, empezar una lucha dialéctica entre el escritor y su lector que, casi nunca, lleva a ningún sitio y, la mayoría de las veces, en vez de contribuir a un enriquecimiento de la palabra escrita y un ensalzamiento del lenguaje, degenera en un cruce de comentarios faltos de ingenio y, a menudo, plagados de lugares comunes que poco o nada tienen de originales y creativos.

Sin embargo, acabo de leer (irónicamente, como veréis) que, en esta época de tanto compartir de todo, se lee, o se ve lo compartido por otros menos. Hay una verdadera fiebre por compartir cada instante, cada momento, cada vivencia con un mundo que cada vez se sabe más grande e inhóspito como una forma casi enfermiza de dejar una huella en un mundo que, si algo le sobra, son seres intentando dejar su propia huella pero, lejos de ser una huella única y distintiva de cada uno de ellos, parece ser siempre la misma huella repetida una y otra vez, indistinguibles unas de otras. Claro que, como nadie se fija en lo que procede de los otros sino en su incontrolable catarata propia, no se dan cuenta que no hacen otra cosa que multiplicar hasta la saciedad lo que ya han hecho y repetido tantos otros antes y que harán tantos otros después, de tal forma que nadie se dará cuenta quién fue el primero, ni les importará, ni se darán cuenta cuándo dejarán de hacerlo y pasar a otro afiche repetido hasta la saciedad.

Así que, cuando se publica algo, se espera al instante que tenga un inmediato visionado y comentario, y cuanto mayor sea su número, más crece el ego del que lo ha publicado, aunque raramente se para en el estudio y reflexión de esos comentarios, de los que, generalmente, sólo se queda con su número y raramente con su contenido, con lo que podemos encontrarnos que éstos carecen de todo contenido o se dedican simplemente a vilipendiar o insultar llanamente al autor original del escrito, que para todo hay alguien.

De hecho, en mi deambular sin rumbo por este nuevo mundo de exponencial crecimiento, me he encontrado con una nueva especie que, a falta de algo original que aportar, se dedican a dejar comentarios sin sentido, como su particular marca de "aquí estuve yo", cuyo único fin es acumular el mayor número en el mayor número de sitios. Pero, ¿me has leído? ¡Para nada! Simplemente he dejado mi huella de mi paso por allí. ¿Acaso tú lo hiciste? Claro que no, mi tiempo es demasiado importante para perderlo en nada que no sea mi propia creatividad (que, por otra parte, de sobra sé que es manida y no quiero pararme a descubrirlo).

Por eso, cuando me puse a pensar sobre lo que podía escribir en mi hora de hoy me planteé quién, además de mí, se pararía a leer qué podía habérseme ocurrido hoy, me di cuenta que, lo más probable sería que fuesen simples robots. Por lo que, en esencia, estaba escribiendo para robots. Y la paradoja me paralizó unos instantes antes de que la risa me dejase completamente incapacitado.

Hasta hace apenas unas décadas, los robots no eran más que elucubraciones en la mente de los soñadores o simples máquinas que ejecutaban una tarea rutinaria y repetitiva. Hoy en día, apenas son poco más, aunque hay una sensación general de que el robot, con una mente "compleja", que permita un pensamiento lógico, o al menos un razonamiento simple, se encuentra cada vez más cercano. Y aunque éste es el robot al que me gustaría estar escribiendo, me temo que sea más el otro al que lo hago. Rutinas que se dedican a catalogar aquello que encuentran por la red que, realmente, no prestan mayor atención que muchos de los seres humanos que pululan por estos virtuales senderos, buscando sin encontrar, hallando sin darse cuenta de haberlo hecho.

En fin, que, mientras no se demuestre lo contrario, me temo que estos pensamientos fútiles de una prístina claridad, se mantendrán tan ignorados en este mundo como si los hubiese escrito y metido en un cajón o en una caja fuerte, tanto da. ¿Por qué ponerlos entonces aquí y no dejarlos aparcados en un cajón? Pues, quizás, porque quizás sí espero que en algún momento sean leídos por alguien en algún momento, leídos, comprendidos y tal vez comentados por alguien, no hipotético o potencial, sino real y físico...

Por ello, y hasta entonces, me temo que sólo escribo para robots.
Y así, precisamente, es como se confirma mi teoría: es falta de constancia por mi parte. Y no porque no haya hecho lo posible y lo imposible por encontrarla, más bien creo que sea porque ya no se ponen nombres tan anodinos a las mujeres, y se opta por la espectacularidad y el "fueradeserismo" del que tanto adolece esta sociedad.

Bueno, en realidad, esta sociedad adolece de muchas cosas, y casi todas son mortales de necesidad y otras de imbecilidad, pero aún no me quiero meter en cosas tan profundas que me quiten mi único lector: yo mismo. O yo misma, tanto da.

Hay veces, está claro, que, por mucho empeño que ponga, la vida se interpone en mis decisiones... O quizás quiero creer eso en vez de poner mucho más empeño en hacer que las cosas sigan el curso deseado. Porque, por muy naturales que queramos ser, plantearnos el modo natural de la vida, el camino de menor resistencia, no es un modo natural de vida, sino un modo cómodo de vivir, dejar que otros tomen las decisiones por ti, dejar que la vida te lleve es dejar que la vida pase de largo a tu lado, sin tomarla, sin disfrutarla, sin "extraerle todo el meollo..."

Quizás todo sea encontrar un perfecto equilibrio dinámico entre dejarse llevar y poder elegir. Ni siempre vamos a tener oportunidad de elegir todo de todo, ni nos vamos a dejar arrastrar eternamente, principalmente porque no tenemos siempre la oportunidad para realizar todas las elecciones, y no siempre dejándonos arrastrar simplemente llegaremos a buen puerto. Hay veces en las que la corriente te arrastra por peligrosos rápidos que desenvocan en descomunales cataratas en cuyo fondo se apilan las blanqueadas osamentas de todos aquellos que no las vieron llegar o calcularon mal su peligrosidad.

Y con esto deberíamos acabar con la metáfora, pues la idea, lejos de aclararse, se empieza a embrollar de una manera un tanto estúpida a estas alturas.

La cosa era que, pese a la resolución que hayamos tomado, y lo convencidos que estemos para cumplirla, hay miles de imponderables que, si bien a veces podremos soslayar para poder mantener nuestro empeño, otras no tendremos más remedio que dejarnos llevar y dejar nuestros deseos para mejores momentos. Vamos, que realmente pensé que eso de "escribir una hora al día" no tendría mayor problema que sentarme delante del papel y empezar a emborronarlo, una letra tras otra hasta que el imparable reloj deshojase los sesenta minutos de la hora. Con lo que no había contado es con la cantidad de cosas que se interpondrían entre mi resolución y la posibilidad real de ponerme a escribir lo que fuera que pasase por mi imaginación. Y, realmente, no es tan sencillo eso de ponerse, aunque sea a minutos perdidos a lo largo del día, hasta completar finalmente esos sesenta minutos diarios porque, realmente, no es tan sencillo escribir loquesea con sólo la voluntad de hacerlo tan pronto como te sientas ante el papel. Normalmente, las ideas aparecen cuando no puedes plasmarlas y, cuando te sientas a intentar hacerlo, no aparecen o huyen mientras intentas atraparlas. En cualquier caso, esos sesenta minutos pasan en su mayoría tratando de poner orden en las ideas que escapan más que plasmando esas ideas. Con lo cual, al final, no puedes aprovechar ratos perdidos porque pierdes esos ratos tratando de atrapar las ideas perdidas.

Finalmente, supongo que lo que habrá que hacer es empezar a tener una rutina para poder hacer lo que hay que hacer. Claro que, como suele decirse, cuando conviertes un placer en algo rutinario, deja de ser un placer, pero si no estableces una rutina, jamás serás capaz de realizar y conseguir tus propósitos.

Una gota nunca hará un río. Unas cuantas gotas, caídas aleatoriamente, sin constancia, tampoco. Sólo cuando las gotas se unan y circulen constantemente por una senda, serán capaces de socavarla y crear el cauce que conforme el río. Y así volvemos a la manida metáfora.

Y así agotamos la batería por hoy. Mañana, confío, más.

martes, 9 de diciembre de 2014

Consumamos, consumamos, consumamos hasta consumirnos a nosotros mismos!
Hoy he visto es futuro, y el futuro es "Soilent", y su color el verde.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Una hora puede no parecer mucho tiempo, pero cuando tienes que buscarla y dedicarla exclusivamente para contar algo, lo que sea, se hace eterna, tanto que, más de una vez, no tienes tiempo o, peor, ganas para encontrar el momento para hacerlo.

Pero, se supone que esta debe ser la dinámica a tener, la disciplina, la constancia para conseguir el objetivo.

Aún así, está claro que, muchas más veces de las que querré reconocer, preferiré estar en cualquier otro sitio, haciendo cualquier otra cosa, aunque, con todas mis fuerzas, en lo más recóndito, crea que es lo que tendría que estar haciendo: escribir.

Porque no ha sido ni una, ni dos, ni tres veces las que he pensado "eso lo podría haber escrito yo". O peor, "lo podría haber escrito MEJOR". Pero, la mayoría de las veces se queda en aire, en nada, porque ni siquiera llego a coger un bolígrafo y, si llego a tenerlo en la mano, ya ni surgen garabatos. Y si alguna línea llega a tener algo de coherencia sobre el blanco, casi siempre me resulta irrisoria, cuando menos.

Y, sin embargo, cada vez que camino, conduzco, o incluso intento dormirme contándome alguna historia, ¡sí, historias!, parece que las situaciones acuden fluidamente a mi mente. Incluso llego a pensar en más de una ocasión que debería escribirlas, plasmarlas en papel y, quizás, si la vergüenza no llega a abrumarme, compartirlas con alguien más. Pero es ahí cuando la cosa se tuerce ineludiblemente, al llegar al papel, a plasmar de forma lineal todas esas historias que pululan por mi mente, porque es entonces cuando me doy cuenta que lo que escribo no tiene apenas sentido, que no logro darle esa vida que tiene en mi mente... ¡y pensaba que yo podría escribir "mejor" que muchas cosas que leía! ¡Pero si ni siquiera soy capaz de "escribir"!

Alguna vez me he planteado que, tal vez, se deba a que, en mi mente, las historias no suceden con esa linealidad a la que te ves constreñido a contarlas cuando te pones delante de un papel y que, al igual que en la vida, sucede en más de un nivel y con muchas acciones simultáneas e incluso solapadas... Mas si incluso esto fuese verdad, si soy capaz de explicarlo, tendría que ser capaz de plasmarlo y contarlo.

Así que la verdar, descarnada, por fin, se planta ante mí, acusadora, señalando cual es la verdadera razón por la que las palabras no fluyen de mis dedos como creía que debían hacerlo, como sé que lo hicieron en algún momento de un pasado no tan lejano: vagancia, laxitud, dejadez...

Por ello, esta ridícula, en apariencia, apuesta conmigo mismo que he decidido aceptar, no es sino una argucia para poder volverme a poner en el camino que una vez hollé pero que, muy posiblemente, por miedo (cerval, desconocido, inexistente), no llegué a recorrer más allá de unos cientos de pasos para, tembloroso, detener y pensar que, tal vez, algún día, lo seguiría recorriendo, pero temiendo a cada instante que ese momento llegase. Así pues, éste el es impulso, el empujón que necesitaba y que, aunque sé que en más de un momento me lo han intentado proporcionar, me he resistido como un roble en un huracán...

Ahora sólo hay que intentar encontrar el principio adecuado a la historia que quiero contar, la historia de historias que, desde el principio, ronda por mi mente intentando surgir, sabedora que quiere darse a conocer a la gente, pero que, cual nudo gordiano, se ha ido enredando en mi mente, día tras día, desde aquel instante original en el que vi su atrayente entrada llamándome para que me adentrase en ella...

Y esta es la razón por la que, día tras día, al menos durante una hora, me sentaré a escribir todo aquello que se me pase por la cabeza para, al menos, tratar de conseguir que mis pensamientos se vuelvan coherentes y empiecen a tomar forma en algo concreto y no en millones de retazos sueltos a los que me cuesta tanto dar forma, expresar, incluso en los ámbitos más simples y cotidianos.

Sí, tal vez sea esa la cosa, que hay tanto enterrado por querer surgir, que ahora se agolpa desordenadamente tras mis labios, tras mis dedos, intentando desbordar todo discurso lógido para derramarse por un mundo ávido de pensamientos cuerdos para una sociedad que prefiere, por momentos, abandonarse a la locura.

martes, 2 de diciembre de 2014

¡Reto aceptado!

Como siempre me repito, "el camino a la perfección, pasa por la práctica".

Lamentablemente,  pensarlo, incluso repetirlo, es una cosa, pero llevarlo a la práctica es otra muy distinta. El simple hecho de ponerte delante de la nada blanca que supone un folio, una pantalla, pese a las miles de ideas que creías tener, es algo completamente... ¿aterrador? Sí, quizás, pero mucho más, paralizante. ¡Por completo!

Durante todo el tiempo, las ideas van rondando por el laberinto de tus circunvoluciones cerebrales, agolpándose, creciendo, luchando por expresarse, haciéndote pensar que son grandes, necesarias, imperiosas. Pero, en cuanto te sientas para ponerlas en claro, parecen esconderse, desaparecer como la neblina ante el sol de la mañana. Y no, no tiene nada que ver con el color del papel, de la tinta, del dispositivo que utilices para plasmarlas. No están y sólo quedas tú frente a la infinita nada.

Quizás todo sea perseverar hasta que alguna de esas ideas se decida a salir de la cabeza y, a través de los dedos, plasmarse en ese espacio vacío para, una vez ante tus ojos, poder moldearla y hacerla crecer hasta que, finalmente, esté lista para presentarse a los ojos de otras personas y, valorada por ellas, contribuya a cambiarles la vida.

Así que, cuando vi esto, supe que era el momento de tomar una resolución.

Por esa razón, me he propuesto aceptar el reto y empezar a plasmar esas ideas que me pululaban pero, como me temía, efectivamente, se han evaporado al instante, con lo que, esta primera hora, me temo que, en su mayor parte, se ha pasado en una hipnotizante contemplación de ese espacio en blanco en el que deberían desfilar las letras, convertidas en palabras, transformadas en frases, preferentemente en frases con sentido, conteniendo una historia, un algo que transmita eso que ronda por mi mente.

Sin embargo, ahí se siguen escondiendo y, aunque no aparezcan en este momento, las intuyo ahí detrás, agazapadas, tentándome con su presencia. Mi yo de hace unos minutos, se hubiese rendido al cabo de todo este tiempo, como tantas otras veces. Pero algo ha cambiado y va a seguir cambiando, por lo que ya podéis esconderos y huir, porque esta vez estoy decidido a cazaros y daros la vida que tanto buscáis y teméis.

El reto está aceptado... ¡comienza la aventura!