martes, 16 de diciembre de 2014

Y así, precisamente, es como se confirma mi teoría: es falta de constancia por mi parte. Y no porque no haya hecho lo posible y lo imposible por encontrarla, más bien creo que sea porque ya no se ponen nombres tan anodinos a las mujeres, y se opta por la espectacularidad y el "fueradeserismo" del que tanto adolece esta sociedad.

Bueno, en realidad, esta sociedad adolece de muchas cosas, y casi todas son mortales de necesidad y otras de imbecilidad, pero aún no me quiero meter en cosas tan profundas que me quiten mi único lector: yo mismo. O yo misma, tanto da.

Hay veces, está claro, que, por mucho empeño que ponga, la vida se interpone en mis decisiones... O quizás quiero creer eso en vez de poner mucho más empeño en hacer que las cosas sigan el curso deseado. Porque, por muy naturales que queramos ser, plantearnos el modo natural de la vida, el camino de menor resistencia, no es un modo natural de vida, sino un modo cómodo de vivir, dejar que otros tomen las decisiones por ti, dejar que la vida te lleve es dejar que la vida pase de largo a tu lado, sin tomarla, sin disfrutarla, sin "extraerle todo el meollo..."

Quizás todo sea encontrar un perfecto equilibrio dinámico entre dejarse llevar y poder elegir. Ni siempre vamos a tener oportunidad de elegir todo de todo, ni nos vamos a dejar arrastrar eternamente, principalmente porque no tenemos siempre la oportunidad para realizar todas las elecciones, y no siempre dejándonos arrastrar simplemente llegaremos a buen puerto. Hay veces en las que la corriente te arrastra por peligrosos rápidos que desenvocan en descomunales cataratas en cuyo fondo se apilan las blanqueadas osamentas de todos aquellos que no las vieron llegar o calcularon mal su peligrosidad.

Y con esto deberíamos acabar con la metáfora, pues la idea, lejos de aclararse, se empieza a embrollar de una manera un tanto estúpida a estas alturas.

La cosa era que, pese a la resolución que hayamos tomado, y lo convencidos que estemos para cumplirla, hay miles de imponderables que, si bien a veces podremos soslayar para poder mantener nuestro empeño, otras no tendremos más remedio que dejarnos llevar y dejar nuestros deseos para mejores momentos. Vamos, que realmente pensé que eso de "escribir una hora al día" no tendría mayor problema que sentarme delante del papel y empezar a emborronarlo, una letra tras otra hasta que el imparable reloj deshojase los sesenta minutos de la hora. Con lo que no había contado es con la cantidad de cosas que se interpondrían entre mi resolución y la posibilidad real de ponerme a escribir lo que fuera que pasase por mi imaginación. Y, realmente, no es tan sencillo eso de ponerse, aunque sea a minutos perdidos a lo largo del día, hasta completar finalmente esos sesenta minutos diarios porque, realmente, no es tan sencillo escribir loquesea con sólo la voluntad de hacerlo tan pronto como te sientas ante el papel. Normalmente, las ideas aparecen cuando no puedes plasmarlas y, cuando te sientas a intentar hacerlo, no aparecen o huyen mientras intentas atraparlas. En cualquier caso, esos sesenta minutos pasan en su mayoría tratando de poner orden en las ideas que escapan más que plasmando esas ideas. Con lo cual, al final, no puedes aprovechar ratos perdidos porque pierdes esos ratos tratando de atrapar las ideas perdidas.

Finalmente, supongo que lo que habrá que hacer es empezar a tener una rutina para poder hacer lo que hay que hacer. Claro que, como suele decirse, cuando conviertes un placer en algo rutinario, deja de ser un placer, pero si no estableces una rutina, jamás serás capaz de realizar y conseguir tus propósitos.

Una gota nunca hará un río. Unas cuantas gotas, caídas aleatoriamente, sin constancia, tampoco. Sólo cuando las gotas se unan y circulen constantemente por una senda, serán capaces de socavarla y crear el cauce que conforme el río. Y así volvemos a la manida metáfora.

Y así agotamos la batería por hoy. Mañana, confío, más.