Una de las cosas que te planteas al ponerte a escribir es pensar quién puede leerte o llegar a leerte alguna vez, y te planteas si es oportuno crear un diálogo con ese supuesto lector, al que intentas idealizar para así poder tener ese diálogo en suspenso que intentas, o no, que sea tu escrito.
Hasta la llegada de esta era digital, en la que todo el mundo, en teoría, puede acceder a estos medios y plasmar en ella cualquier cosa (literalmente), aquellos que plasmaban por escrito sus pensamientos, dudas, elucubraciones, ideas, paranoias, sueños, fobias y filias de toda condición, podían apenas vislumbrar a aquel que se sentaría frente a la palabra escrita y, con suerte, con el tiempo, quizás obtendría un pequeño feedback, una pequeña retroalimentación de su lector por algún medio indirecto. O directamente en aquellos casos en los que el escritor tenía una contacto directo con el lector (cosa rara, pues, de todos es sabido que la escritura es un hábito onánico, solitario por naturaleza, concentrado el escritor y su escrito).
Pero en esta era de "autopistas de la información", tenemos esa inmediatez, esa retroalimentación instantánea por parte del lector al escritor sobre aquello que ha escrito por medio de los comentarios que se pueden realizar a continuación de las obras compartidas y así, tal vez, adaptarse, mejorar o, simplemente, empezar una lucha dialéctica entre el escritor y su lector que, casi nunca, lleva a ningún sitio y, la mayoría de las veces, en vez de contribuir a un enriquecimiento de la palabra escrita y un ensalzamiento del lenguaje, degenera en un cruce de comentarios faltos de ingenio y, a menudo, plagados de lugares comunes que poco o nada tienen de originales y creativos.
Sin embargo, acabo de leer (irónicamente, como veréis) que, en esta época de tanto compartir de todo, se lee, o se ve lo compartido por otros menos. Hay una verdadera fiebre por compartir cada instante, cada momento, cada vivencia con un mundo que cada vez se sabe más grande e inhóspito como una forma casi enfermiza de dejar una huella en un mundo que, si algo le sobra, son seres intentando dejar su propia huella pero, lejos de ser una huella única y distintiva de cada uno de ellos, parece ser siempre la misma huella repetida una y otra vez, indistinguibles unas de otras. Claro que, como nadie se fija en lo que procede de los otros sino en su incontrolable catarata propia, no se dan cuenta que no hacen otra cosa que multiplicar hasta la saciedad lo que ya han hecho y repetido tantos otros antes y que harán tantos otros después, de tal forma que nadie se dará cuenta quién fue el primero, ni les importará, ni se darán cuenta cuándo dejarán de hacerlo y pasar a otro afiche repetido hasta la saciedad.
Así que, cuando se publica algo, se espera al instante que tenga un inmediato visionado y comentario, y cuanto mayor sea su número, más crece el ego del que lo ha publicado, aunque raramente se para en el estudio y reflexión de esos comentarios, de los que, generalmente, sólo se queda con su número y raramente con su contenido, con lo que podemos encontrarnos que éstos carecen de todo contenido o se dedican simplemente a vilipendiar o insultar llanamente al autor original del escrito, que para todo hay alguien.
De hecho, en mi deambular sin rumbo por este nuevo mundo de exponencial crecimiento, me he encontrado con una nueva especie que, a falta de algo original que aportar, se dedican a dejar comentarios sin sentido, como su particular marca de "aquí estuve yo", cuyo único fin es acumular el mayor número en el mayor número de sitios. Pero, ¿me has leído? ¡Para nada! Simplemente he dejado mi huella de mi paso por allí. ¿Acaso tú lo hiciste? Claro que no, mi tiempo es demasiado importante para perderlo en nada que no sea mi propia creatividad (que, por otra parte, de sobra sé que es manida y no quiero pararme a descubrirlo).
Por eso, cuando me puse a pensar sobre lo que podía escribir en mi hora de hoy me planteé quién, además de mí, se pararía a leer qué podía habérseme ocurrido hoy, me di cuenta que, lo más probable sería que fuesen simples robots. Por lo que, en esencia, estaba escribiendo para robots. Y la paradoja me paralizó unos instantes antes de que la risa me dejase completamente incapacitado.
Hasta hace apenas unas décadas, los robots no eran más que elucubraciones en la mente de los soñadores o simples máquinas que ejecutaban una tarea rutinaria y repetitiva. Hoy en día, apenas son poco más, aunque hay una sensación general de que el robot, con una mente "compleja", que permita un pensamiento lógico, o al menos un razonamiento simple, se encuentra cada vez más cercano. Y aunque éste es el robot al que me gustaría estar escribiendo, me temo que sea más el otro al que lo hago. Rutinas que se dedican a catalogar aquello que encuentran por la red que, realmente, no prestan mayor atención que muchos de los seres humanos que pululan por estos virtuales senderos, buscando sin encontrar, hallando sin darse cuenta de haberlo hecho.
En fin, que, mientras no se demuestre lo contrario, me temo que estos pensamientos fútiles de una prístina claridad, se mantendrán tan ignorados en este mundo como si los hubiese escrito y metido en un cajón o en una caja fuerte, tanto da. ¿Por qué ponerlos entonces aquí y no dejarlos aparcados en un cajón? Pues, quizás, porque quizás sí espero que en algún momento sean leídos por alguien en algún momento, leídos, comprendidos y tal vez comentados por alguien, no hipotético o potencial, sino real y físico...
Por ello, y hasta entonces, me temo que sólo escribo para robots.