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martes, 28 de julio de 2020

Siguiendo el camino incierto de mi pensamiento errático

Seguir una línea de pensamiento puede parecer una propuesta fácil cuando se tiene un pensamiento lineal y, de hecho, parece que toda la educación, toda la sociedad, se empeña en enseñar y conseguir que sus individuos se guíen por este principio: la linealidad, marginando, estigmatizando a todos aquellos individuos que no tienen un pensamiento lineal, único, autorizado y aprobado por la mayoría.
Y, además, se empeñan en señalar tu diferencia tachándola de algo que es malo por no seguir la corriente marcada por ellos, y lo hacen de tal modo que, finalmente, te hacen sentir culpable por no ser como ellos y, lo que es peor, por ser incapaz de ser como ellos, en vez de poder disfrutar de poseer una visión completamente diferente, alejada y única de la existencia que nada tiene que ver con ella.
No hablo de verdades absolutas, que no existen, pues toda observación está tarada por el observador, sino de la diferenciación de la observación para la apreciación de matices diferentes que no tengan que ser exactamente los mismos que todo el resto del rebaño acepta.
Lo raro es único y maravilloso, por excepciónal y diferente.
Por eso, cuando me hablan de que debo seguir una línea argumentativa cuando tengo que defender una idea, me da risa, pues, lejos de esa línea que esperan que siga, mi visión se bifurca en cientos de líneas que, inicialmente podrían ser como un árbol, tridimensionalmente, pero que al final acaban en millones de ellas que poco o nada tienen que ver con el trazado inicial, ni con el árbol ni siquiera con una arboleda, bosque o selva.
¿Una red neuronal, con una selva dendrítica, donde cada neurona es única y no se toca con ninguna otra, pero todas están conectadas intrínsecamente y no siempre de la forma más directa o nítida posible?
Pero, si todos comparten eso en su interior fisiológico, ¿por qué se empeñan en simplificarlo tanto como una línea, podando todas las pequeñas ramitas que le puedan surgir, hasta estirarla y dejarla reducida al más absoluto simplismo carente de toda originalidad y belleza?
El caos es belleza pura. El orden es apenas un estado en un instante de ese caos que es vida y desarrollo.
Sigamos pues esa curva, a ver dónde no nos lleva...

sábado, 17 de enero de 2015

Y sin embargo...

Positivismo, negativismo... ¡Qué gran mal causó a este mundo el zoroastrismo y esa incesante necesidadnde encontrar pa dualidad para todo.

En el principio las cosas eran. A partir de entonces, el hombre se obsesionó con poder encasillarlo dentro de una naturaleza dual que, realmente, no exite.

Los comedores de carne son "malos", porque matan para alimentarse, mientras que los de plantas no, porque no matan... ¡Seguro que las plantas no piensan lo mismo!

Los hombres consideran la inteligencia en la medida en la que son capaces de comunicarse. Pero... ¡si apenas es capaz de comunicarse y entenderse consigo mismo! La mayoría de los conflictos devienen de esa falta de entendimiento consigo mismo.

Erroneamente, el hombre ha creído que había encontrado en el lenguaje una forma de transmitir ideas y conocimientos a sus congéneres y, sin embargo, ha desarrollado el lenguaje más como forma de incomunicación y desinformación que ninguna otra cosa.

En cuanto el hombre quiere enemistarse con su vecino es el lenguaje la primera arma que le arroja y, cuando la diatriba verbal no le es suficiente, se inventa un nuevo lenguaje lo suficientemente indistinguible para el primero como para que no se entere de lo que pretende decir como para así poder burlarse o, pretenderse burlarse en la creencia de que el otro es incapaz de comprender lo que dice.

No es el lenguaje una forma de entenderse sino de prolongar un periodo de estupidez. Si tú no hablas como yo, no eres como yo, así que te voy a destruir porque todo aquello que no es como yo es malo. No tengo ganas de entenderte porque tú no haces por entenderme a mí.

Y así, en vez de buscar un mutuo entendimiento, nos encontramos con que si no eres igual que yo, eres algo maligno que hay que destruir inmediatemente.

Por supuesto, aquellos de entre los tuyos que no estén de acuerdo contigo, pensarán que los que están contra ti, el mal, es el nuevo bien porque están contra ti, perpetuando la idiocia ad perpetuum.

No existe una verdad absoluta, ni todo tiene su opuesto, ni todo lo opuesto es malo. Para ser completamente legítimos, "opuesto" sólo es lo que está enfrente de uno.

Por esa razón de tres, cada vez que en un restaurante nos sientan enfrente de nuestra pareja, nos oponen, nos enfrentan. ¿Sería razón suficiente para discutir? Bueno, pues en realidad sí, pues una discusión es el intercambio de información entre dos o más personas y, cuando éstas se encuentran enfrentadas, es cuando mayor cantidad de información pueden intercambiar, pues no sólo tienen acceso a la información verbal, sino también a la no verbal que le transmite su interlocutor.

Desde hace mucho sé que en una conversación la menor cantidad de información que recibo del otro es la que me viene por vía oral, tal vez porque muchas veces las palabras se lian y retuercen en mis oidos hasta volverse incomprensibles y la mayor parte de la información me viene por otros conductos. Es por ello que odio cada vez que tengo que enfrentarme a un teléfono o cualquier otro sistema que sólo me permite disponer de la información que me es comunicada por vía oral. ¡Cómo quieren que me entere del mensaje si llega a mí distorsionado por una cacofonía de malinterpretaciones!

Y si es así con el lenguaje oral, al que se supone que podemos introducir gran cantidad de matices, ¿qué no será del escrito?

Cuando se habla, cuando se comunica verbalmente algo, debería ponerse el mayor cuidado para que el mensaje que se quiere transmitir, el que se transmite y el que se comprende, sean lo más fieles a lo que se quiere transmitir posible. Al menos en lo importante. Cuando se juega con el lenguaje a los equívocos es otra cosa, es un juego, un divertimento, pero a veces hay que evitar esa multiplicidad de significados por todos los medios.

Y así, en el lenguaje escrito, donde no hay nada más para poder interpretar lo que se está leyendo, surgen tantas interpretaciones como lectores tenga el escrito, por lo que muchas veces te encuentras miles de otros escritos donde te tratan de explicar lo que el otro quería decir. Es divertido cuando estas interpretaciones llegan al escritor original y comenta lo cercano o lejano que te encuentras en tu interpretación a sus pretensiones. Pero, si eso ocurre con aquellos que aún éstán presentes, ¿cuánto más nos alejaremos de lo que pretendían expresar otros ya pretéritos, cuyas circunstancias personales en las que dejaron esos escritos apenas podemos comprender o incluso llegar a imaginar?

La comunicación exige un esfuerdo de comprensión no sólo por parte del que recibe el mensaje sino también por parte de aquel que lo transmite, intentando comprender aquello que el que lo escucha está intentando entender del discurso que le estés lanzando. Un discurso de "yo soy bueno y los demás son malos" puede entenderse por el receptor como que él es uno de los demás y, por tanto, malo, obteniendo así, en vez de un seguidor, un enemigo irreconciliable.

Pero para eso está el lenguaje, ¿no?, para crear malentendidos y disputas eternas, sin llegar nunca a ningún entendimiento y propagar la lucha y la destrucción eternas...

lunes, 5 de enero de 2015

La mirada desnuda

Sólo durante los primeros instantes de la vida humana puede mirar a su alrededor con una mirada limpia, desnuda, sin ningún condicionamiento previo, salvo su propia carga genética.

A partir de aquí, esa mirada se va a ver enturbiada por miles de condicionamientos, algunos de ellos totalmente inintencionados, pues no los consideramos tales y, sin embargo, van a cambiar totalmente la forma en la que vemos y nos relacionamos con el mundo.

Incluso nuestros recuerdos primeros se van deformando conforme nuevas experiencias y nuevos descubrimientos se van abriendo a los individuos. Así, por mucho que lo intentemos, jamás volvemos a ver las cosas como esa primera vez y, por mucho que queramos, jamás volvemos a poder ver las cosas de la misma forma pues, ese mismo intento ya contribuye a cambiar esa misma visión.

Esa constante inquietud del ser humano por conseguir una grabación lo más fidedigna posible de la imagen, del sonido de un determinado momento viene impelida por esa futilidad que tiene el propio ser humano por atesorar esos momentos que, incluso un instante después de vivido ya es modificado por el mismo hecho de intentar ser recordado y, cuantas más veces se intente rememorar, más cambiado se verá. Y así, incluso al transcribirlo, el mero hecho de intentar buscar la forma más fidedigna de realizarlo, lo está modificando irremisiblemente y, cuantas más vueltas se le da, hasta configurar la casi definitiva forma, más se modifica hasta ser casi irreconocible el hecho en sí.

Es por ello que no me extraña todos los testimonios de demonios, ángeles y extraterrestres y la mezcolanza de todos ellos.

La mirada desnuda nos da una visión límpida del mundo, pero al intentar recordarlo y, cuanto mayor es nuestra experiencia, racionalizarla a través de ésta, se distorsiona y se vuelve completamente irreconocible con la visión en sí.

En un mundo donde sólo existen perros y nunca se ha visto un gato, la aparición de este elegante felino puede suponer la visión de un ser casi de ultratumba, silencioso, que parece flotar, aparecer y desaparecer misteriosamente y de una gran ferocidad casi demoniaca si no desea ser contactado. Por tanto, ese animalillo acabará casi deificado/demonizado por este sorprendido primer testigo que, al relatar su experiencia a otros que no hayan tenido contacto, se distorsionará tanto más cuantas más veces sea contado y, tanto más cuanto más distante esté el relato del primer testigo y de la primera vez que se contó, tanto que, cuando cualquiera que no haya visto al gato nunca y sólo haya tenido noticias por los relatos que haya escuchado filtrados por miles de oídos y de bocas, será completamente incapaz de reconocerlo como el protagonista de los relatos que haya escluchado.

Por mucho que miremos al mundo, tratando de no crear ni emitir juicio sobre lo que vemos, aquello que hemos vivido, ya ha modificado irremisiblemente lo que hemos visto, tamizado por ese vagage innegable e ineludible.

Como esta permeación ha sido tan paulatina como no sentida, se es tan ajeno que no se echará jamás de menos la mirada límpida, vacía de toda interpretación, e incluso será inconsciente de que no ve el mundo tal y como es sino tal y como le han hecho que lo vea.

Una lástima.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Imaginemos...

Imaginemos que...

Esta es sin duda la premisa fundamental de cualquier obra, ya sea escrita u oral. Si no hay un esfuerzo de imaginación por parte del receptor de la narración, la magia no se puede realizar y no se puede transmitir el hecho narrado.

Si nos dan las imágenes ya servidas, la imaginación se entumece y se aletarga...

Bueno, no realmente.

Para algunos, las palabras son insuficientes para lograr que surjan las imágenes en su imaginación. Por ello, por mucho que se esfuercen, nunca serán capaces de pasar más allá de la cubierta de un libro, jamás serán capaces de extraer toda la magia de sus palabras.

Para otros, en cambio, las palabras son el portal a nuevos y maravillosos universos, y las imágenes... ¡ah, las imágenes...!

Si algo se puede imaginar, ¡se puede crear!

Sin duda alguna, todos aquellos que despotrican contra los soñadores, contra la imaginación, son unos amargados porque carecen de esa capacidad para poder imaginar cosas, para dar ese salto mortal que supone pasar de lo meramente cotidiano, de lo que tenemos delante de los ojos, a aquello que está dos pasos más allá. Lo que no tienen delante de sus ojos no existe ni podrá hacerlo nunca. Si por ellos fuera, las cosas siempre seguirían igual, sin darse cuenta que el estancamiento lleva a la decrepitud y la descomposición. Las cosas no pueden permanecer siempre iguales, sino que se descomponen y mueren. La desaparición de los grandes imperios se debieron a ese estancamiento, a ese inmovilismo.

A quienes carecen de imaginación les asustan aquellos que tienen una imaginación desbordante, pues son capaces de ver cosas que ellos nunca serán capaces de ver, incluso cuando las tengan delante de sus narices. Es más, temen ese momento pues supondrá un cambio en todo aquello que siempre han conocido y no les gusta, para nada, los cambios. Quieren que todo permanezca siempre, eternamente igual.

Son esos seres carentes de imaginación los que se empeñan en repetir una y otra vez esquemas ya pretéritos y superados que se han demostrado una y otra vez que son ineficaces y defectuosos, que sólo conducen al fracaso y la decepción. Pero, cada pocos años, en un ciclo eterno de decadencia, reviven esos decrépitos esquemas y los presentan como algo nunca visto y novedoso. Pero, cuando se les plantea algo verdaderamente novedoso, que realmente puede funcionar, se revuelven contra ello como perros rabiosos.

La imaginación es algo verdaderamente portentoso y poderoso que asusta a aquellos que no la tienen y no la comprenden y, por lo mismo, la desprecian y quieren aplastarla. Si no hay imaginación, las cosas no cambiarán nunca y nadie les discutirá su posición y sus privilegios.

Y no, esos seres carentes de imaginación no son aquellos que piensan. Creen que saben camuflarse, repitiendo como papagallos descerebrados ante auditorios sin cerebro actos que no comprenden pero que consideran novedosos y nunca vistos...

No nos dejemos deslumbrar por los discursos floridos y, aunque no tengamos una desbordante imaginación, tengamos al menos una mente lo suficientemente ágil como para descubrir su mascarada.

martes, 16 de diciembre de 2014

Pensamientos para robots

Una de las cosas que te planteas al ponerte a escribir es pensar quién puede leerte o llegar a leerte alguna vez, y te planteas si es oportuno crear un diálogo con ese supuesto lector, al que intentas idealizar para así poder tener ese diálogo en suspenso que intentas, o no, que sea tu escrito.

Hasta la llegada de esta era digital, en la que todo el mundo, en teoría, puede acceder a estos medios y plasmar en ella cualquier cosa (literalmente), aquellos que plasmaban por escrito sus pensamientos, dudas, elucubraciones, ideas, paranoias, sueños, fobias y filias de toda condición, podían apenas vislumbrar a aquel que se sentaría frente a la palabra escrita y, con suerte, con el tiempo, quizás obtendría un pequeño feedback, una pequeña retroalimentación de su lector por algún medio indirecto. O directamente en aquellos casos en los que el escritor tenía una contacto directo con el lector (cosa rara, pues, de todos es sabido que la escritura es un hábito onánico, solitario por naturaleza, concentrado el escritor y su escrito).

Pero en esta era de "autopistas de la información", tenemos esa inmediatez, esa retroalimentación instantánea por parte del lector al escritor sobre aquello que ha escrito por medio de los comentarios que se pueden realizar a continuación de las obras compartidas y así, tal vez, adaptarse, mejorar o, simplemente, empezar una lucha dialéctica entre el escritor y su lector que, casi nunca, lleva a ningún sitio y, la mayoría de las veces, en vez de contribuir a un enriquecimiento de la palabra escrita y un ensalzamiento del lenguaje, degenera en un cruce de comentarios faltos de ingenio y, a menudo, plagados de lugares comunes que poco o nada tienen de originales y creativos.

Sin embargo, acabo de leer (irónicamente, como veréis) que, en esta época de tanto compartir de todo, se lee, o se ve lo compartido por otros menos. Hay una verdadera fiebre por compartir cada instante, cada momento, cada vivencia con un mundo que cada vez se sabe más grande e inhóspito como una forma casi enfermiza de dejar una huella en un mundo que, si algo le sobra, son seres intentando dejar su propia huella pero, lejos de ser una huella única y distintiva de cada uno de ellos, parece ser siempre la misma huella repetida una y otra vez, indistinguibles unas de otras. Claro que, como nadie se fija en lo que procede de los otros sino en su incontrolable catarata propia, no se dan cuenta que no hacen otra cosa que multiplicar hasta la saciedad lo que ya han hecho y repetido tantos otros antes y que harán tantos otros después, de tal forma que nadie se dará cuenta quién fue el primero, ni les importará, ni se darán cuenta cuándo dejarán de hacerlo y pasar a otro afiche repetido hasta la saciedad.

Así que, cuando se publica algo, se espera al instante que tenga un inmediato visionado y comentario, y cuanto mayor sea su número, más crece el ego del que lo ha publicado, aunque raramente se para en el estudio y reflexión de esos comentarios, de los que, generalmente, sólo se queda con su número y raramente con su contenido, con lo que podemos encontrarnos que éstos carecen de todo contenido o se dedican simplemente a vilipendiar o insultar llanamente al autor original del escrito, que para todo hay alguien.

De hecho, en mi deambular sin rumbo por este nuevo mundo de exponencial crecimiento, me he encontrado con una nueva especie que, a falta de algo original que aportar, se dedican a dejar comentarios sin sentido, como su particular marca de "aquí estuve yo", cuyo único fin es acumular el mayor número en el mayor número de sitios. Pero, ¿me has leído? ¡Para nada! Simplemente he dejado mi huella de mi paso por allí. ¿Acaso tú lo hiciste? Claro que no, mi tiempo es demasiado importante para perderlo en nada que no sea mi propia creatividad (que, por otra parte, de sobra sé que es manida y no quiero pararme a descubrirlo).

Por eso, cuando me puse a pensar sobre lo que podía escribir en mi hora de hoy me planteé quién, además de mí, se pararía a leer qué podía habérseme ocurrido hoy, me di cuenta que, lo más probable sería que fuesen simples robots. Por lo que, en esencia, estaba escribiendo para robots. Y la paradoja me paralizó unos instantes antes de que la risa me dejase completamente incapacitado.

Hasta hace apenas unas décadas, los robots no eran más que elucubraciones en la mente de los soñadores o simples máquinas que ejecutaban una tarea rutinaria y repetitiva. Hoy en día, apenas son poco más, aunque hay una sensación general de que el robot, con una mente "compleja", que permita un pensamiento lógico, o al menos un razonamiento simple, se encuentra cada vez más cercano. Y aunque éste es el robot al que me gustaría estar escribiendo, me temo que sea más el otro al que lo hago. Rutinas que se dedican a catalogar aquello que encuentran por la red que, realmente, no prestan mayor atención que muchos de los seres humanos que pululan por estos virtuales senderos, buscando sin encontrar, hallando sin darse cuenta de haberlo hecho.

En fin, que, mientras no se demuestre lo contrario, me temo que estos pensamientos fútiles de una prístina claridad, se mantendrán tan ignorados en este mundo como si los hubiese escrito y metido en un cajón o en una caja fuerte, tanto da. ¿Por qué ponerlos entonces aquí y no dejarlos aparcados en un cajón? Pues, quizás, porque quizás sí espero que en algún momento sean leídos por alguien en algún momento, leídos, comprendidos y tal vez comentados por alguien, no hipotético o potencial, sino real y físico...

Por ello, y hasta entonces, me temo que sólo escribo para robots.
Y así, precisamente, es como se confirma mi teoría: es falta de constancia por mi parte. Y no porque no haya hecho lo posible y lo imposible por encontrarla, más bien creo que sea porque ya no se ponen nombres tan anodinos a las mujeres, y se opta por la espectacularidad y el "fueradeserismo" del que tanto adolece esta sociedad.

Bueno, en realidad, esta sociedad adolece de muchas cosas, y casi todas son mortales de necesidad y otras de imbecilidad, pero aún no me quiero meter en cosas tan profundas que me quiten mi único lector: yo mismo. O yo misma, tanto da.

Hay veces, está claro, que, por mucho empeño que ponga, la vida se interpone en mis decisiones... O quizás quiero creer eso en vez de poner mucho más empeño en hacer que las cosas sigan el curso deseado. Porque, por muy naturales que queramos ser, plantearnos el modo natural de la vida, el camino de menor resistencia, no es un modo natural de vida, sino un modo cómodo de vivir, dejar que otros tomen las decisiones por ti, dejar que la vida te lleve es dejar que la vida pase de largo a tu lado, sin tomarla, sin disfrutarla, sin "extraerle todo el meollo..."

Quizás todo sea encontrar un perfecto equilibrio dinámico entre dejarse llevar y poder elegir. Ni siempre vamos a tener oportunidad de elegir todo de todo, ni nos vamos a dejar arrastrar eternamente, principalmente porque no tenemos siempre la oportunidad para realizar todas las elecciones, y no siempre dejándonos arrastrar simplemente llegaremos a buen puerto. Hay veces en las que la corriente te arrastra por peligrosos rápidos que desenvocan en descomunales cataratas en cuyo fondo se apilan las blanqueadas osamentas de todos aquellos que no las vieron llegar o calcularon mal su peligrosidad.

Y con esto deberíamos acabar con la metáfora, pues la idea, lejos de aclararse, se empieza a embrollar de una manera un tanto estúpida a estas alturas.

La cosa era que, pese a la resolución que hayamos tomado, y lo convencidos que estemos para cumplirla, hay miles de imponderables que, si bien a veces podremos soslayar para poder mantener nuestro empeño, otras no tendremos más remedio que dejarnos llevar y dejar nuestros deseos para mejores momentos. Vamos, que realmente pensé que eso de "escribir una hora al día" no tendría mayor problema que sentarme delante del papel y empezar a emborronarlo, una letra tras otra hasta que el imparable reloj deshojase los sesenta minutos de la hora. Con lo que no había contado es con la cantidad de cosas que se interpondrían entre mi resolución y la posibilidad real de ponerme a escribir lo que fuera que pasase por mi imaginación. Y, realmente, no es tan sencillo eso de ponerse, aunque sea a minutos perdidos a lo largo del día, hasta completar finalmente esos sesenta minutos diarios porque, realmente, no es tan sencillo escribir loquesea con sólo la voluntad de hacerlo tan pronto como te sientas ante el papel. Normalmente, las ideas aparecen cuando no puedes plasmarlas y, cuando te sientas a intentar hacerlo, no aparecen o huyen mientras intentas atraparlas. En cualquier caso, esos sesenta minutos pasan en su mayoría tratando de poner orden en las ideas que escapan más que plasmando esas ideas. Con lo cual, al final, no puedes aprovechar ratos perdidos porque pierdes esos ratos tratando de atrapar las ideas perdidas.

Finalmente, supongo que lo que habrá que hacer es empezar a tener una rutina para poder hacer lo que hay que hacer. Claro que, como suele decirse, cuando conviertes un placer en algo rutinario, deja de ser un placer, pero si no estableces una rutina, jamás serás capaz de realizar y conseguir tus propósitos.

Una gota nunca hará un río. Unas cuantas gotas, caídas aleatoriamente, sin constancia, tampoco. Sólo cuando las gotas se unan y circulen constantemente por una senda, serán capaces de socavarla y crear el cauce que conforme el río. Y así volvemos a la manida metáfora.

Y así agotamos la batería por hoy. Mañana, confío, más.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Una hora puede no parecer mucho tiempo, pero cuando tienes que buscarla y dedicarla exclusivamente para contar algo, lo que sea, se hace eterna, tanto que, más de una vez, no tienes tiempo o, peor, ganas para encontrar el momento para hacerlo.

Pero, se supone que esta debe ser la dinámica a tener, la disciplina, la constancia para conseguir el objetivo.

Aún así, está claro que, muchas más veces de las que querré reconocer, preferiré estar en cualquier otro sitio, haciendo cualquier otra cosa, aunque, con todas mis fuerzas, en lo más recóndito, crea que es lo que tendría que estar haciendo: escribir.

Porque no ha sido ni una, ni dos, ni tres veces las que he pensado "eso lo podría haber escrito yo". O peor, "lo podría haber escrito MEJOR". Pero, la mayoría de las veces se queda en aire, en nada, porque ni siquiera llego a coger un bolígrafo y, si llego a tenerlo en la mano, ya ni surgen garabatos. Y si alguna línea llega a tener algo de coherencia sobre el blanco, casi siempre me resulta irrisoria, cuando menos.

Y, sin embargo, cada vez que camino, conduzco, o incluso intento dormirme contándome alguna historia, ¡sí, historias!, parece que las situaciones acuden fluidamente a mi mente. Incluso llego a pensar en más de una ocasión que debería escribirlas, plasmarlas en papel y, quizás, si la vergüenza no llega a abrumarme, compartirlas con alguien más. Pero es ahí cuando la cosa se tuerce ineludiblemente, al llegar al papel, a plasmar de forma lineal todas esas historias que pululan por mi mente, porque es entonces cuando me doy cuenta que lo que escribo no tiene apenas sentido, que no logro darle esa vida que tiene en mi mente... ¡y pensaba que yo podría escribir "mejor" que muchas cosas que leía! ¡Pero si ni siquiera soy capaz de "escribir"!

Alguna vez me he planteado que, tal vez, se deba a que, en mi mente, las historias no suceden con esa linealidad a la que te ves constreñido a contarlas cuando te pones delante de un papel y que, al igual que en la vida, sucede en más de un nivel y con muchas acciones simultáneas e incluso solapadas... Mas si incluso esto fuese verdad, si soy capaz de explicarlo, tendría que ser capaz de plasmarlo y contarlo.

Así que la verdar, descarnada, por fin, se planta ante mí, acusadora, señalando cual es la verdadera razón por la que las palabras no fluyen de mis dedos como creía que debían hacerlo, como sé que lo hicieron en algún momento de un pasado no tan lejano: vagancia, laxitud, dejadez...

Por ello, esta ridícula, en apariencia, apuesta conmigo mismo que he decidido aceptar, no es sino una argucia para poder volverme a poner en el camino que una vez hollé pero que, muy posiblemente, por miedo (cerval, desconocido, inexistente), no llegué a recorrer más allá de unos cientos de pasos para, tembloroso, detener y pensar que, tal vez, algún día, lo seguiría recorriendo, pero temiendo a cada instante que ese momento llegase. Así pues, éste el es impulso, el empujón que necesitaba y que, aunque sé que en más de un momento me lo han intentado proporcionar, me he resistido como un roble en un huracán...

Ahora sólo hay que intentar encontrar el principio adecuado a la historia que quiero contar, la historia de historias que, desde el principio, ronda por mi mente intentando surgir, sabedora que quiere darse a conocer a la gente, pero que, cual nudo gordiano, se ha ido enredando en mi mente, día tras día, desde aquel instante original en el que vi su atrayente entrada llamándome para que me adentrase en ella...

Y esta es la razón por la que, día tras día, al menos durante una hora, me sentaré a escribir todo aquello que se me pase por la cabeza para, al menos, tratar de conseguir que mis pensamientos se vuelvan coherentes y empiecen a tomar forma en algo concreto y no en millones de retazos sueltos a los que me cuesta tanto dar forma, expresar, incluso en los ámbitos más simples y cotidianos.

Sí, tal vez sea esa la cosa, que hay tanto enterrado por querer surgir, que ahora se agolpa desordenadamente tras mis labios, tras mis dedos, intentando desbordar todo discurso lógido para derramarse por un mundo ávido de pensamientos cuerdos para una sociedad que prefiere, por momentos, abandonarse a la locura.