Una hora puede no parecer mucho tiempo, pero cuando tienes que buscarla y dedicarla exclusivamente para contar algo, lo que sea, se hace eterna, tanto que, más de una vez, no tienes tiempo o, peor, ganas para encontrar el momento para hacerlo.
Pero, se supone que esta debe ser la dinámica a tener, la disciplina, la constancia para conseguir el objetivo.
Aún así, está claro que, muchas más veces de las que querré reconocer, preferiré estar en cualquier otro sitio, haciendo cualquier otra cosa, aunque, con todas mis fuerzas, en lo más recóndito, crea que es lo que tendría que estar haciendo: escribir.
Porque no ha sido ni una, ni dos, ni tres veces las que he pensado "eso lo podría haber escrito yo". O peor, "lo podría haber escrito MEJOR". Pero, la mayoría de las veces se queda en aire, en nada, porque ni siquiera llego a coger un bolígrafo y, si llego a tenerlo en la mano, ya ni surgen garabatos. Y si alguna línea llega a tener algo de coherencia sobre el blanco, casi siempre me resulta irrisoria, cuando menos.
Y, sin embargo, cada vez que camino, conduzco, o incluso intento dormirme contándome alguna historia, ¡sí, historias!, parece que las situaciones acuden fluidamente a mi mente. Incluso llego a pensar en más de una ocasión que debería escribirlas, plasmarlas en papel y, quizás, si la vergüenza no llega a abrumarme, compartirlas con alguien más. Pero es ahí cuando la cosa se tuerce ineludiblemente, al llegar al papel, a plasmar de forma lineal todas esas historias que pululan por mi mente, porque es entonces cuando me doy cuenta que lo que escribo no tiene apenas sentido, que no logro darle esa vida que tiene en mi mente... ¡y pensaba que yo podría escribir "mejor" que muchas cosas que leía! ¡Pero si ni siquiera soy capaz de "escribir"!
Alguna vez me he planteado que, tal vez, se deba a que, en mi mente, las historias no suceden con esa linealidad a la que te ves constreñido a contarlas cuando te pones delante de un papel y que, al igual que en la vida, sucede en más de un nivel y con muchas acciones simultáneas e incluso solapadas... Mas si incluso esto fuese verdad, si soy capaz de explicarlo, tendría que ser capaz de plasmarlo y contarlo.
Así que la verdar, descarnada, por fin, se planta ante mí, acusadora, señalando cual es la verdadera razón por la que las palabras no fluyen de mis dedos como creía que debían hacerlo, como sé que lo hicieron en algún momento de un pasado no tan lejano: vagancia, laxitud, dejadez...
Por ello, esta ridícula, en apariencia, apuesta conmigo mismo que he decidido aceptar, no es sino una argucia para poder volverme a poner en el camino que una vez hollé pero que, muy posiblemente, por miedo (cerval, desconocido, inexistente), no llegué a recorrer más allá de unos cientos de pasos para, tembloroso, detener y pensar que, tal vez, algún día, lo seguiría recorriendo, pero temiendo a cada instante que ese momento llegase. Así pues, éste el es impulso, el empujón que necesitaba y que, aunque sé que en más de un momento me lo han intentado proporcionar, me he resistido como un roble en un huracán...
Ahora sólo hay que intentar encontrar el principio adecuado a la historia que quiero contar, la historia de historias que, desde el principio, ronda por mi mente intentando surgir, sabedora que quiere darse a conocer a la gente, pero que, cual nudo gordiano, se ha ido enredando en mi mente, día tras día, desde aquel instante original en el que vi su atrayente entrada llamándome para que me adentrase en ella...
Y esta es la razón por la que, día tras día, al menos durante una hora, me sentaré a escribir todo aquello que se me pase por la cabeza para, al menos, tratar de conseguir que mis pensamientos se vuelvan coherentes y empiecen a tomar forma en algo concreto y no en millones de retazos sueltos a los que me cuesta tanto dar forma, expresar, incluso en los ámbitos más simples y cotidianos.
Sí, tal vez sea esa la cosa, que hay tanto enterrado por querer surgir, que ahora se agolpa desordenadamente tras mis labios, tras mis dedos, intentando desbordar todo discurso lógido para derramarse por un mundo ávido de pensamientos cuerdos para una sociedad que prefiere, por momentos, abandonarse a la locura.
Pero, se supone que esta debe ser la dinámica a tener, la disciplina, la constancia para conseguir el objetivo.
Aún así, está claro que, muchas más veces de las que querré reconocer, preferiré estar en cualquier otro sitio, haciendo cualquier otra cosa, aunque, con todas mis fuerzas, en lo más recóndito, crea que es lo que tendría que estar haciendo: escribir.
Porque no ha sido ni una, ni dos, ni tres veces las que he pensado "eso lo podría haber escrito yo". O peor, "lo podría haber escrito MEJOR". Pero, la mayoría de las veces se queda en aire, en nada, porque ni siquiera llego a coger un bolígrafo y, si llego a tenerlo en la mano, ya ni surgen garabatos. Y si alguna línea llega a tener algo de coherencia sobre el blanco, casi siempre me resulta irrisoria, cuando menos.
Y, sin embargo, cada vez que camino, conduzco, o incluso intento dormirme contándome alguna historia, ¡sí, historias!, parece que las situaciones acuden fluidamente a mi mente. Incluso llego a pensar en más de una ocasión que debería escribirlas, plasmarlas en papel y, quizás, si la vergüenza no llega a abrumarme, compartirlas con alguien más. Pero es ahí cuando la cosa se tuerce ineludiblemente, al llegar al papel, a plasmar de forma lineal todas esas historias que pululan por mi mente, porque es entonces cuando me doy cuenta que lo que escribo no tiene apenas sentido, que no logro darle esa vida que tiene en mi mente... ¡y pensaba que yo podría escribir "mejor" que muchas cosas que leía! ¡Pero si ni siquiera soy capaz de "escribir"!
Alguna vez me he planteado que, tal vez, se deba a que, en mi mente, las historias no suceden con esa linealidad a la que te ves constreñido a contarlas cuando te pones delante de un papel y que, al igual que en la vida, sucede en más de un nivel y con muchas acciones simultáneas e incluso solapadas... Mas si incluso esto fuese verdad, si soy capaz de explicarlo, tendría que ser capaz de plasmarlo y contarlo.
Así que la verdar, descarnada, por fin, se planta ante mí, acusadora, señalando cual es la verdadera razón por la que las palabras no fluyen de mis dedos como creía que debían hacerlo, como sé que lo hicieron en algún momento de un pasado no tan lejano: vagancia, laxitud, dejadez...
Por ello, esta ridícula, en apariencia, apuesta conmigo mismo que he decidido aceptar, no es sino una argucia para poder volverme a poner en el camino que una vez hollé pero que, muy posiblemente, por miedo (cerval, desconocido, inexistente), no llegué a recorrer más allá de unos cientos de pasos para, tembloroso, detener y pensar que, tal vez, algún día, lo seguiría recorriendo, pero temiendo a cada instante que ese momento llegase. Así pues, éste el es impulso, el empujón que necesitaba y que, aunque sé que en más de un momento me lo han intentado proporcionar, me he resistido como un roble en un huracán...
Ahora sólo hay que intentar encontrar el principio adecuado a la historia que quiero contar, la historia de historias que, desde el principio, ronda por mi mente intentando surgir, sabedora que quiere darse a conocer a la gente, pero que, cual nudo gordiano, se ha ido enredando en mi mente, día tras día, desde aquel instante original en el que vi su atrayente entrada llamándome para que me adentrase en ella...
Y esta es la razón por la que, día tras día, al menos durante una hora, me sentaré a escribir todo aquello que se me pase por la cabeza para, al menos, tratar de conseguir que mis pensamientos se vuelvan coherentes y empiecen a tomar forma en algo concreto y no en millones de retazos sueltos a los que me cuesta tanto dar forma, expresar, incluso en los ámbitos más simples y cotidianos.
Sí, tal vez sea esa la cosa, que hay tanto enterrado por querer surgir, que ahora se agolpa desordenadamente tras mis labios, tras mis dedos, intentando desbordar todo discurso lógido para derramarse por un mundo ávido de pensamientos cuerdos para una sociedad que prefiere, por momentos, abandonarse a la locura.