miércoles, 24 de diciembre de 2014

Y si no... ¡nos enfadamos!

Hace mucho, mucho tiempo, como rezan muchos cuentos y alguma canción memorable, recuerdo haber visto, al menos, el título que le habían puesto a una de esas películas llenas de tortas que tanto parecían gustar en aquellos tiempos.

Conforme crecemos, nos intentan convecer que existen una serie de actitudes propias de los adultos y otras muy diferentes propias de los niños: actitudes pueriles.

Pero al crecer, te das cuenta que no es así y, muchas actitudes pueriles resulta que están promovidas por los adultos porque "así han de comportarse los niños", según su visión del mundo.

Más interesante resulta descubrir que esas actitudes pueriles se repiten con exasperante regularidad en los adultos que, curiosamente, no las consideran tales sino actitudes muy maduras y meditadas...

¡Manda narices! Que durante tantos años nos hayan estado diciendo que debemos abandonar toda una serie de "actitudes pueriles" que luego resulta que han sido los adultos los que las han propiciado para, finalmente, darte cuenta que los adultos son los verdaderos ejemplos de esas actitudes pueriles.

Tan sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor a los adultos que nos rodean, o peor, aquellos que nos dirigen y, en teoría, darnos mayor y mejor ejemplo y, cada vez me doy más cuenta que la única enseñanza que estamos recibiendo de ellos es que la puerilidad los domina. Se empeñan en cosas sin sentido, en salirse siempre con la suya, especialmente cuando no tienen ninguna razón y menos deberían empeñarse y, sobre todo, el argumento definitivo cuando se han quedado sin razones: "y si no... ¡nos enfadamos!"

Y si aún no están convencidos, miren, miren ustedes las noticias cualquier día, o miren a su alrededor y, con seriedad, díganme que esto no es así... pero no prometo no enfadarme.