Hay momentos en los que me gustaría tener esa facilidad de oratoria, de palabra, para contar aquello que me ronda por la cabeza, que creo que tengo en esos momentos de semi-inconsciencia, de ensoñación consciente en los que creo que estoy plenamente consciente y despierto, aunque sé con completa seguridad que me encuentro completamente dormido y que estoy soñando que estoy despierto.
Hay momentos en los que me gustaría poder escribir a vuela pluma, del tirón, como creo que escriben los grandes escritores, trasladando de una vez, sin interrupciones, la obra que sueñan al papel.
Pero supongo que es una idealización, una ensoñación, una leyenda que realmente nunca se ha realizado porque, casi siempre que algún autor ha detallado su forma de trabajar, te cuenta que sigue un largo proceso que requiere una ardua documentación previa a empezar el acto de la escritura que se encuentra plagado de miles de pequeños momentos en los que se van fraguando los instantes que compondrán el relato, revisados una y otra vez hasta conseguir pulir el culmen que, finalmente, será presentado ante los lectores. A lo sumo, quizás, pequeños fragmentos se habrán escrito "solos", a vuela pluma, y permanezcan intactos, como fueron transcritos para su lectura final.
Claro que, si me paro a pensarlo, todo lo que escribo aquí, tiene que ser, casi por fuerza, escrito a vuela pluma porque, si me paro a pensarlo, quizás, nunca saldría más allá o permitiría que nadie lo leyese. Es más, cuando uno de estos escritos no terminan de surgir, termino por desecharlos porque, tras mirarlos más de tres veces, dándoles vueltas, sin encontrarles cómo continuarlos o terminarlos, al final, terminan desechados y sustituidos por otros que sí surjan y culminen por completo...
...a vuela pluma.