Sólo durante los primeros instantes de la vida humana puede mirar a su alrededor con una mirada limpia, desnuda, sin ningún condicionamiento previo, salvo su propia carga genética.
A partir de aquí, esa mirada se va a ver enturbiada por miles de condicionamientos, algunos de ellos totalmente inintencionados, pues no los consideramos tales y, sin embargo, van a cambiar totalmente la forma en la que vemos y nos relacionamos con el mundo.
Incluso nuestros recuerdos primeros se van deformando conforme nuevas experiencias y nuevos descubrimientos se van abriendo a los individuos. Así, por mucho que lo intentemos, jamás volvemos a ver las cosas como esa primera vez y, por mucho que queramos, jamás volvemos a poder ver las cosas de la misma forma pues, ese mismo intento ya contribuye a cambiar esa misma visión.
Esa constante inquietud del ser humano por conseguir una grabación lo más fidedigna posible de la imagen, del sonido de un determinado momento viene impelida por esa futilidad que tiene el propio ser humano por atesorar esos momentos que, incluso un instante después de vivido ya es modificado por el mismo hecho de intentar ser recordado y, cuantas más veces se intente rememorar, más cambiado se verá. Y así, incluso al transcribirlo, el mero hecho de intentar buscar la forma más fidedigna de realizarlo, lo está modificando irremisiblemente y, cuantas más vueltas se le da, hasta configurar la casi definitiva forma, más se modifica hasta ser casi irreconocible el hecho en sí.
Es por ello que no me extraña todos los testimonios de demonios, ángeles y extraterrestres y la mezcolanza de todos ellos.
La mirada desnuda nos da una visión límpida del mundo, pero al intentar recordarlo y, cuanto mayor es nuestra experiencia, racionalizarla a través de ésta, se distorsiona y se vuelve completamente irreconocible con la visión en sí.
En un mundo donde sólo existen perros y nunca se ha visto un gato, la aparición de este elegante felino puede suponer la visión de un ser casi de ultratumba, silencioso, que parece flotar, aparecer y desaparecer misteriosamente y de una gran ferocidad casi demoniaca si no desea ser contactado. Por tanto, ese animalillo acabará casi deificado/demonizado por este sorprendido primer testigo que, al relatar su experiencia a otros que no hayan tenido contacto, se distorsionará tanto más cuantas más veces sea contado y, tanto más cuanto más distante esté el relato del primer testigo y de la primera vez que se contó, tanto que, cuando cualquiera que no haya visto al gato nunca y sólo haya tenido noticias por los relatos que haya escuchado filtrados por miles de oídos y de bocas, será completamente incapaz de reconocerlo como el protagonista de los relatos que haya escluchado.
Por mucho que miremos al mundo, tratando de no crear ni emitir juicio sobre lo que vemos, aquello que hemos vivido, ya ha modificado irremisiblemente lo que hemos visto, tamizado por ese vagage innegable e ineludible.
Como esta permeación ha sido tan paulatina como no sentida, se es tan ajeno que no se echará jamás de menos la mirada límpida, vacía de toda interpretación, e incluso será inconsciente de que no ve el mundo tal y como es sino tal y como le han hecho que lo vea.
Una lástima.