hay momentos, poco antes de despertar, posiblemente una fracción de segundo, cuando el cerebro está intentando que concuerde los estímulos exteriores con los viajes interiores, cuando te das cuenta que la realidad no es a lo que te vas a enfrentar cuando "tomes conciencia", sino lo que pierdes en ese momento.
y sólo momentos después, cuando intentas transformar en palabras todo ese inabarcable sentimiento de frustración y pérdida, te das cuenta lo limitado y basto que es el lenguaje para tan delicada tarea y, aunque no sepas nada de música, las notas empiezan a fluir en tu mente.
entonces te encuentras, en una de esas serendipias que te regala la vida y el universo con un hilo que enlaza con tus pensamientos...
mientras las notas se desgranan fuera de tu cabeza, te das cuenta, como en un sueño, que hay notas en tu cabeza que no resuenan en concordancia, sino que amplifican cada una de las que lo hacen fuera en una sinfonía que llega a unos niveles nunca antes conocidos, con una música nunca antes escuchada, que nada tiene que ver con lo que están percibiendo tus sentidos, ni con lo que iba sonando en la inmensidad de tu desconcierto, y, poco a poco, sientes que vuelves a entrar en contacto con todo aquello con lo que estabas un segundo antes de despertar, de perder el contacto con esa gloria.
aquellos que despreciaron la música porque pensaban que alejaba las almas de dios, nunca pudieron estar más equivocados y tener unas existencias más tristes. almas vanas y vacías, carentes de todo contacto con la verdadera realidad, más allá de lo que nuestros pobres sentidos pueden contarnos de lo que nos rodea, incapaces de elevarse y percibir ese mínimo destello de la cualidad divina que es la belleza más pura.
buscar la belleza, de manera activa, mientras esperas que se te aparezca ante ti, de manera pasiva, sintiendo que esos dos instantes mágicos están a un segundo de ocurrir, es la verdadera protesta contra un mundo sin imaginación.