domingo, 2 de agosto de 2020

El viaje interior

Nuestro confinamiento exterior nos llevó, quizás, a redescubrir el viaje interior y, en larga prevalencia, nos empujó a poder realizar largos viajes introspectivos que, a la larga, había quienes aseguraban que nos habrían de llevar a un mejor autoconocimiento y una mayor comprensión de nuestro entorno que proporcionaría un mayor acercamiento, desde la distancia, con los otros.

¡Menuda tontería!

Para unos cuantos, iniciar ese viaje interior les sirvió para descubrir un mundo de horror y de espanto, del que huyeron inmediatamente, o en el que sumergieron y abandonaron gozosamente, descubriendo, desatando, al monstruo que siempre habían tratado de ignorar.

Otros, muchos, no encontraron nada, un gran vacío, metáfora y realidad de lo que eran y habían sido sus vidas hasta entonces y, con un suspiro ¿de alivio?, continuaron con sus anodinas existencias que no dejarían apenas huella en el recuerdo de las rocas que los sintieron pasar.

La ventana se abría hoy, como tantos otros días, a un anodino y monótono paisaje, aburrido por haberlo contemplado sin verlo tantas mañanas de tantos días de una vida que se antojaba ahora como un sueño lejano.

Su visión despertaba, si acaso, el deseo inconsciente de un vagabundeo, ahora vetado por las circunstancias, no por sus cercanos senderos, sino por lejanos y desconocidos aún, quizás, paraísos que podían perfectamente no existir, pero que en su enclaustrada imaginación, se tornaban reales y completamente deseables, haciendo surgir en su interior una necesidad por visitarlos, por perderse en ellos que, de tan perentoria, he hacía dolorosamente física.

Su no existencia jamás impidió a los grandes soñadores de todas las épocas recorrer espectaculares y fantásticos lugares recónditos y dejar testimonio de sus vagabundeos, textos a los que en este enclaustramiento impuesto, trataba de recurrir con frecuencia, mientras su mirada, vacua, se lanzaba a través de la ventana, como bálsamo para su ansiedad viajera. Pero apenas servía para que aquel prurito se convirtiera en quemazón y ésta en un abrasador incendio que le consumía, día tras día, tras los cristales de esa ventana, con la mirada perdida en aquel exterior que no veía.

Y así, los días se suceden uno a otro sin dejar mayor constancia que el paso de las hojas de un calendario que ya nadie se molesta en arrancar, pues nada diferencia al siguiente de todos los demás.

Y así, sin dejar huella ninguna, se suceden los día en esa ventana anodina, sin ver aquel paisaje mil veces contemplado, dejando escapar aquella alma atrapada sin posibilidad de una pequeña rebaja en la condena de aislamiento inexplicablemente sometida.

Aquel sinsentido, aparente y literal, se convertía día tras día más en una obsesión, y aquella necesidad por escapar en la única razón para levantarse cada día y sentarse frente a aquella ventana cerrada, donde el paisaje que le cerraba los ojos a la realidad, le abría la mente a un mundo que, cada día, le parecía tanto más real como irreal su confinamiento.

Pero aquella oscura mañana en la que sólo los rayos de la inminente tormenta iluminaban el paisaje mil veces visto y ninguna contemplado, donde una fantasmagórica irrealidad que se correspondía exactamente con su onírico mundo interior, le empujó a romper aquel aislamiento no buscado y le llevó a abrir la ventana y, mientras el viento azotaba por primera vez en mucho tiempo su rostro, sonrió con una felicidad reencontrada mientras daba el primer paso hacia la redescubierta libertad que se encontraba justo allí delante, donde siempre había estado.

Aquel primer paso fue, sin duda alguna, el más difícil de todos los que había dado o habría de dar, el más difícil por ser el primero y por lo que suponía de liberación. Y quizás fuera por ello que, a un observador casual, le pudiera parecer tan titubeante al principio, como el de un bebé que se atreve con su primer paseo después de toda una vida gateando.

Los siguientes pasos fueron cogiendo confianza, uno tras otro, mientras avanzaba por la descuidada hierba mojada, sin sentir apenas la lluvia que le empapaba el cuerpo en intermitentes rachas. Su interés era otro y nada tenía que ve con el tiempo. Se encontraba más allá de la hierba que llegaba hasta el muro de vegetación que delimitaba la propiedad, hacia la apenas visible senda que se internaba en la aventura que llevaba tanto tiempo contemplando sin ver, llamándola sin ser escuchada.

Hasta hoy.

Tras una veintena de pasos, cada vez más firmes y decididos, su figura desapareció finalmente entre los vetustos árboles que susurraban su canción de libertad al ritmo de la lluvia.


#historiasdeviajes