Quizás pueda parecer algo digno de una doble personalidad, despotricar un día contra un mundo acelerado que sólo quiere la inmediatez de las cosas y llegar otro quejándose de que las cosas se ponen "lentas", pero en realidad no tienen casi nada que ver.
Nada tiene que ver la tendencia a la inmediatez que se está desarrollando en las últimas décadas con que algo que discurría de una manera más o menos fluida, de repente se espese, enlentezca y casi detenga, clavándonos en una frustración hasta ahora desconocida.
En mi cotidianeidad, dejo que las cosas fluyan, a mi alrededor o conmigo dentro, como un río, a veces frenético y desbocado y otras tranquilo y despreocupado, pero siempre fluyendo, deslizándose hacia algún sitio, casi siempre desconocido en un principio, aunque se torna ineludible cuando se llega.
Es cuando este suave discurrir se ve entorpecido por algo que no logramos identificar hasta sumirnos en un desconcertante marasmo, una absoluta inmovilididad no buscada que nos impide no sólo avanzar, sino movernos en cualquier dirección.
Pero lo más doloroso es cuando te encuentras realizando un trabajo que has hecho mil veces, que sabes cuánto tiempo vas a gastar (o perder) en él y, de repente, te encuentras que ese tiempo se empieza a dilatar indefinidamente sin que sepas a ciencia cierta cuándo vas a poder terminar con él. Algo que hasta ahora había sido rutinario y bien definido se convierte en una aventura inesperada y horrorosa que desbarata su bien planeado tiempo y te impide saber cómo acabará o se desarrollará el futuro inmediato.
Odio esos días en los que recorres ese camino tantas veces transitado para ir a un sitio, en el que raras veces ves a alguien y, mucho menos, te llegas a cruzar con alguien y, de repente, empieza a haber muchas más personas, circulando en trayectorias que se hacen cada vez más difíciles de calcular para evitar cruzarte con ellas, que tienes que poner más y más atención en el camino para evitar tropezarte hasta que, finalmente, te encuentras casi totalmente detenido, casi abriéndote paso a codazos, cuando lo que más desearías es evitar todo contacto con esos extraños que es empeñan en inmiscuirse más y más en tu cada vez más reducido espacio vital.
Pero tampoco es eso.
Imagina llegar a la máquina del café. Echas la moneda, seleccionas el brevaje y, un minuto después, te estás quemando los dedos por un recipiente completamente inadecuado. Es lo normal, lo que ocurre siempre. Pero, si al intentar introducir la moneda a ésta le entra vida de repente y se escurre de tus dedos tres o cuatro veces, la máquina la escupe porque... sí, para qué darle más vueltas, o empieza a remolonear al preparar eso que llama café, para finalmente entregarte el mismo recipiente inadecuado lleno sólamente a medias de un líquido algo más que dudoso. El mundo se ha ralentizado durante todo el proceso, se ha tardado mucho más de lo pautado hasta ese momento y, mientras desechas el frustrante resultado en la papelera más cercana, te diriges con paso inseguro a intentar recuperar esos instantes perdidos, pero con la ineludible sensación de qué más puede torcerse esa mañana.
Las cosas se ponen lentas, el correo no acaba de descargarse, los mensajes no salen y no llega ninguno nuevo... La sensación de fin del mundo empieza a atenazarte...