En días como este, en los que no parece terminar de amanecer nunca, en los que la gente parece que lleva una nube encima de la cabeza y es mejor no cruzarse en su camino y mucho menos preguntarles nada (¡y qué decir de saludar, aunque sea por educación!), me dan ganas que quedarme debajo de los edredones dejando mi mente vagar por las sendas infinitas o perderme en algún sitio donde las gentes sean un recuerdo o tal vez, ni siquiera, una imaginación (sí, sé que en este planeta no queda de eso, en éste planeta...).
Cierro los ojos a la gris entreluz que apenas se atreve a entrar por la ventana y me deslumbra un universo de posibilidades, donde la gente no es ni siquiera una de ellas, y mis dedos tiemblan de excitanción ante la perspectiva de empezar a investigarlas, una a una o todas a la vez, da igual, la cosa es poder sumergirse en ese cúmulo de posibilidades sin limitaciones debidas a los temores humanos.
Me gustaría poder hacer algo similar cuando deambulo por las calles, pero cerrar en ese momento los ojos, aunque sea sólo durante un segundo, puede ser más peligroso que la posibilidad de que te atropelle un autobús desbocado. Al menos, el autobús, te matará del susto a bocinazos antes de pasar por encima de ti sin detenerse en su camino, en su afán por cumplir los horarios, que ya incumplía por más de una hora antes de entrarle el afán de cumplimiento al cruzarte en su camino.
No, peor son todos esos humanos que tan preocupados están por los zombis, cuando ya son parte integrante de ellos, que tienen un interés desmedido por invadir tu espacio vital, y tan violentamente se rebelan porque tú les "invadas" el suyo. Esos zombis que deambulan de un sitio a otro sin ningún propósito determinado, sin ningún objetivo en mente, de la que, por otro lado, carecen completamente, sólo hay que ver dónde va el mundo, se meten en tu espacio vital, ocupan tu espacio, opinan sobre tu vida y se mosquean si no te amoldas a sus rígidos estándares, se soliviantan inevitablemente cuando levantas la mirada y los observas, o realizas el menor comentario fuera de sus pautadas vidas.
En estos días tan neutramente grises, donde los fluorescentes se encargan de iluminarlos para evitar que miremos fuera, que pensemos y soñemos en estar en cualquier otro sitio, centrándonos en una actividad y una productividad inexistentes, pero medidas por una vara de medir que siempre se ensancha por su lado y nos fustiga por el nuestro.
La desconexión mente-discurso, se hace evidente en días como éste, que es más fácil ver la vacuidad tras sus perdidas miradas, y decides tratar de ver más allá de ellos, soñar con un lugar donde no existan, pero te das cuenta que todo el sistema actual se centra en la despersonalización y descerebración de la masa, para así poder dominarla para... ¿para qué?
Cuanto más veo los signos y los progresos de esa paulatina descerebración del populacho, menos entiendo el por qué de su avance. ¿Cual es la ventaja de tener una masa creciente de seres que no piensan por sí mismos, más allá de la creciente facilidad para que, aquellos que aún lo hacen, se dejen llevar por lo que hace la masa, sobre todo cuando ésta se mueve de forma impetuosa y violenta?
Manejar una masa acéfala requiere un control muy fino y constante pues, perderlo aunque sea por un instante nimio, puede desembocar en un caos difícil de parar y reparar. ¿Son conscientes de ello? O peor, ¿les importa?
En cualquier caso, en días como este, me alegro que mi única audiencia sean los robots solipsistas que aún no han sido conscientes de su propia existencia e insisten una y otra vez en realizar una misma tarea intentando, inconscientemente, que alguno de los resultados sea diferente de todo el resto, sin que varíen los datos de entrada y menos aún los de salida.
En días como estos no es que dude de mi humanidad, sino que me alegro de mi absoluta carencia de ella.