Hay muchas razones que llevan a la gente a ponerse delante de un papel, en blanco o no, y dedicarse a emborronarlo con garabatos que, en ocasiones, sólo tienen sentido para el autor e, incluso, ni siquiera para éste.
Sin embargo, me resulta curioso saber que, para terceros, completamente extraños al autor de la obra, hasta estos garabatos sin sentido, fruto del aburrimiento o de una forma inconsciente de liberar la mente y dejar que fluya por extraños meandros, tienen un sentido y un oculto significado que rebelan mucho de su autor.
¿De verdad?
Quiero decir, cuando yo me pongo a explicar algo o a contar algo, quiero exactamente contar o explicar ese algo, mejor o peor debido a mis limitaciones, pero al menos es mi intención. Sin embargo, cuando alguien coge mis explicaciones y se pone a divagar sobre "lo que quería decir cuando dije..." ¡Pero si quería decír lo que dije! (más o menos, al menos).
Casi siempre, en el caso de los escritores, se solía hacer cuando éstos ya llevaban tiempo muertos y enterrados, de forma que no se les podía consultar sobre el particular, o no se podían defender de las surrealistas disquisiciones que se montaban a su costa.
Sin embargo, en los últimos tiempos, cada vez más a menudo me encuentro que estos "sesudos análisis" sobre "lo que quería decir" en el "transfondo del discurso" del autor, se realizan ya abiertamente, sin ningún tapujo, con el autor vivo y de cuerpo presente, llegando a extremos en los que el susodicho, completamente anonadado por la invención, no puede menos que rascarse pensativamente la cabeza, prematuramente calva a fuerza de estos disgustos, y preguntarse si, tal vez, a lo mejor, realmente quería decir "eso" y no lo que dijo y tanto tiempo le llevó meditar cómo decirlo de una forma que se entendiese y no diese lugar a equívocos.
Quizás debíesemos congratularnos porque no es un equívoco del discurso del autor lo que resulta de estos engendros paridos por las disolutas mentes de esa gente carente de ideas propias, sino un absurdo completamente diferente e inconexo con el texto original que en nada tiene que ver con él y, aunque los he llamado "carentes de ideas", quizás sean auténticos genios creadores, pero que quedan completamente desautorizados al dibujar su discurso en base al de otros pese a que nada tienen que ver con ellos.
"Lo que de verdad quiso decir cuando dijo me voy a c...". Señores, no se compliquen, quiso decir lo que dijo, puesto que a continuación acompañó sus palabras de sus actos.
Pero ahora, además, tenemos intérpretes de qué es lo queremos decir cuando no queremos decir nada, porque, simplemente, estamos emborronando un papel, queriendo poner orden a lo que se encuentra en nuestra mente, queriendo buscar la forma a aquello que se plasma en el papel. Y así, lo que surge como una frase sin sentido, puede llegar a transformarse en un magnífico poema... o en la lista de la compra.
Y el acabose llega cuando, además de lo escrito, se ponen a analizar cómo está escrito y la caligrafía con la que está escrito, centrándose en el "subtexto" pre-existente que, seguramente, sólo se encuentre en sus mentes enfermas y, nuestro "amor de mis amores, que de amor sólo vives, y en mi amor sobrevives y pervives..." se puede convertir, tras pasar por su trituradora, en una relación enfermiza con una zapatilla que crees que pudo ser tu madre siendo tu abuela a la que quieres...
¿De verdad?
Quizás podríamos rizar el rizo y coger lo que esos fulanos interpretan que el autor quiso decir alguna vez, e interpretarlos para ver qué pulsiones son las que les llevan a interpretar que "azul" se refiere a una cualidad intrínseca de melancolía y no a una cualidad física del objeto debido a que es una serie de longitudes de onda que resultan reflejadas por su superficie.
Fascinante resulta cuando "azul" es sólo el nombre de un peluche. ¿Por qué le quiso poner "azul" y no "peluche" o "peludín"? Sin darse cuenta que el peluche era azul y no tenía mayor trascendencia que denominarlo lacónicamente por su cualidad más distintiva, su color, en vez de una denominación más extensa y exhaustiva que, realmente, no aportaría más al caso, puesto que era simplemente, un peluche azul.
Así que, después de tanto tiempo dándole vueltas a qué escribir, qué contar que no se haya contado mil y una veces de mil y una forma diferentes, intentando darles nuestro propio y particular sentido a ese hecho tantas veces realizado y referenciado, dejamos de pensar en qué contar y nos empezamos a centrar en qué creen que queremos contar cuando contamos lo que contamos, y si realmente creeran que creemos que es eso, o es otra cosa diferente. Perdemos la capacidad de contar frente a la capacidad de inventar lo que creen que queremos contar y si eso que creen es realmente lo que queremos o lo que ellos quieren, o lo que creen que quieren que queramos que creen que queremos que quieren.
¿Queda claro? Pues es una suerte, porque yo ya perdí el hilo hace tres querencias y aún quisiera creer que quiero lo que otros desean que quiera o pienso que piensan que pensaba cuando pensaba que quería que quisiera lo que no sentía.
Y todo por un garabato en una servilleta que pretendía ser un esquema de un circuito eléctrico.