lunes, 20 de abril de 2015

Paciencia, esa gran desconocida.

En este mundo, y estos tiempos, en los que la inmediatez parece ser la consigna de todo y de todos, parece que hemos perdido la capacidad de esperar reposadamente por que sucedan las cosas.

Incluso para aquellos que crecimos esperando por todo y por todos, parece que hemos sido contagiados por ese peligroso virus de la inmediatez. Cuántas colas, esperas, viajes no habremos soportados suspendidos y enganchados a una buena, y gruesa, lectura y, ahora, cuando ha acudido en nuestro auxilio la tecnología, liberándonos del peso (y la esclavitud) del papel, y aumentando hasta el infinito la cantidad y variedad de lecturas que podemos llevar en nuestro bolsillo, parece que nos hemos alejado tanto de la lectura, efectiva, como del gusto por ella y por las esperas que la propician.

Antes, en mi equipaje de mano cotidiano, nunca faltaba el ejemplar de bolsillo de turno, que, de tanto trayecto, acababa lo suficientemente manoseado antes de cederle el turno a su sustituto, como para no necesitar preguntarse si lo habíamos leído, cosa que podía darse el caso, si el contenido era lo suficientemente paupérrimo, pero, en todo caso, había sido viajado.

Ahora ya no. Cuando vemos una cola que supera las cinco personas ya se hace insoportable, y colas de más de cinco minutos son impensables. Así que los libros han huido de nuestras manos, de nuestros bolsos, de nuestras mochilas, y todo debe producirse ya, inmediatamente, sin tiempo que perder. Incluso he leído sesudos ensayos, de no más de 500 palabras, sobre la inmediatez y la necesidad de comunicar lo que sea en el menor tiempo posible. Aquello que nos cuesta más de treinta segundos asimilar ya ha perdido todo interés para nosotros… Lo cual debe ser verdad porque de casi todos apenas he pasado del segundo párrafo y, sinceramente no recuerdo haber finalizado ninguno.

Nos estamos convirtiendo en seres con memoria de pez. Treinta segundos y a otra cosa. ¿Acaso no nos bombardean todo el tiempo con anuncios de “más rápido”, “más veloz”, “más instantáneo”?

Así que, cuando llegó a mis manos esa ayuda tecnológica que suponía llevar en mi bolsillo prácticamente toda mi biblioteca y poder solazarme en su lectura y relectura, saltando de un volumen a otro, pudiendo elegir la lectura de cada momento, abandonando aquella que me resultase pesada en un momento dado por otra que me resultase más atractiva, pensé que había llegado al paraíso… Hasta que, absorbido por el mundo de inmediatez que me rodeaba, me di cuenta que ya no existían los sitios para poder llevar a cabo mi esperada lectura.

Tal vez debamos reivindicar, en contraposición a esos velocísimos trenes que abundan, otros más lentos, que nos mezan y dilaten las horas de nuestro viaje para que, inmersos en la lectura, al llegar a nuestro destino, podamos darnos por satisfechos, tanto del viaje como de la lectura…

Y que regalen esos preciosos aparatitos hasta en las cajas de los cereales para que esos amigos de lo ajeno se disuadan de arrebatárselos al despistado lector, obligándole una y otra vez, a comprar uno nuevo y rellenarlo con su veneno favorito.