En este
mundo, y estos tiempos, en los que la inmediatez parece ser la consigna de todo
y de todos, parece que hemos perdido la capacidad de esperar reposadamente por
que sucedan las cosas.
Incluso para
aquellos que crecimos esperando por todo y por todos, parece que hemos sido
contagiados por ese peligroso virus de la inmediatez. Cuántas colas, esperas,
viajes no habremos soportados suspendidos y enganchados a una buena, y gruesa,
lectura y, ahora, cuando ha acudido en nuestro auxilio la tecnología,
liberándonos del peso (y la esclavitud) del papel, y aumentando hasta el
infinito la cantidad y variedad de lecturas que podemos llevar en nuestro
bolsillo, parece que nos hemos alejado tanto de la lectura, efectiva, como del
gusto por ella y por las esperas que la propician.
Antes, en
mi equipaje de mano cotidiano, nunca faltaba el ejemplar de bolsillo de turno,
que, de tanto trayecto, acababa lo suficientemente manoseado antes de cederle
el turno a su sustituto, como para no necesitar preguntarse si lo habíamos
leído, cosa que podía darse el caso, si el contenido era lo suficientemente
paupérrimo, pero, en todo caso, había sido viajado.
Ahora ya
no. Cuando vemos una cola que supera las cinco personas ya se hace
insoportable, y colas de más de cinco minutos son impensables. Así que los
libros han huido de nuestras manos, de nuestros bolsos, de nuestras mochilas, y
todo debe producirse ya, inmediatamente, sin tiempo que perder. Incluso he
leído sesudos ensayos, de no más de 500 palabras, sobre la inmediatez y la
necesidad de comunicar lo que sea en el menor tiempo posible. Aquello que nos
cuesta más de treinta segundos asimilar ya ha perdido todo interés para
nosotros… Lo cual debe ser verdad porque de casi todos apenas he pasado del
segundo párrafo y, sinceramente no recuerdo haber finalizado ninguno.
Nos estamos
convirtiendo en seres con memoria de pez. Treinta segundos y a otra cosa.
¿Acaso no nos bombardean todo el tiempo con anuncios de “más rápido”, “más
veloz”, “más instantáneo”?
Así que,
cuando llegó a mis manos esa ayuda tecnológica que suponía llevar en mi
bolsillo prácticamente toda mi biblioteca y poder solazarme en su lectura y
relectura, saltando de un volumen a otro, pudiendo elegir la lectura de cada
momento, abandonando aquella que me resultase pesada en un momento dado por
otra que me resultase más atractiva, pensé que había llegado al paraíso… Hasta
que, absorbido por el mundo de inmediatez que me rodeaba, me di cuenta que ya
no existían los sitios para poder llevar a cabo mi esperada lectura.
Tal vez
debamos reivindicar, en contraposición a esos velocísimos trenes que abundan,
otros más lentos, que nos mezan y dilaten las horas de nuestro viaje para que,
inmersos en la lectura, al llegar a nuestro destino, podamos darnos por
satisfechos, tanto del viaje como de la lectura…
Y que
regalen esos preciosos aparatitos hasta en las cajas de los cereales para que
esos amigos de lo ajeno se disuadan de arrebatárselos al despistado lector,
obligándole una y otra vez, a comprar uno nuevo y rellenarlo con su veneno
favorito.