lunes, 25 de mayo de 2015

ellos ganan...

...y nosotros perdemos.

Esa es la sensación con la que me he quedado hoy. Después de llevar meses comiéndonos la cabeza con la necesidad de un cambio que no necesitamos realmente, pero que ellos sí necesitan porque era la única forma posible para quitar a los que no lo estaban haciendo tan mal, y ponerse ellos a hacerlo sólo los dioses saben cómo (o no, porque sólo hace falta mirar sus trayectorias y sus palabras para saber cómo lo van a seguir haciendo).

Así que ya lo han conseguido, ya tienen la inestabilidad que buscaban, porque saben que sólo cuando hay estabilidad se pueden hacer cosas, mientras que cuando el río baja revuelto... ¡ganancia de pescadores!

En este bochornoso país, no se escarmienta, ni por cabeza propia ni por cabeza ajena. Por la propia, porque no se quiere recordar el pasado, no tan lejano, en el que experimentos parecidos obtuvieron resultados espantosos. Y por la ajena, porque prefieren decir que se cargaron otros economías muy boyantes a reconocer que fueron gestiones desastrosas y carentes de todo sentido común.

Hoy hay gentes que se han ilusionado por la aparición de una apariencia de cambio. Crucemos los dedos porque sea así y no despierten en una pesadilla que ellos mismos se han metido alegremente.

El cambio, si ha de haberlo, empieza por un acto, no por miles de palabras tan exaltadas como huecas y carentes de todo fondo y sentido.

Pero bueno, ya tienen lo que querían, y ahora a ver si lo que querían es lo que han conseguido.

Y espero que todos esos que se han callado y aceptado lo que decidan otros, no digan ahora que "no los representan". Cuando callas, otorgas, y si no, ¡abre la boca antes, que no sólo la tienes para darte los atracones que te das!

Nueva plegaria post... TODO!

Virgencita, virgencita, que me quede como estoy, solo y sin compromiso y ningún atractivo para los políticos.

jueves, 21 de mayo de 2015

ni una sola nube a la vista...

Miro al cielo, y en su despejado azul cobalto, imagino nubes de un blanco sucio acumulándose, mientras la luz del sol se torna hiriente y la tormenta, con su cegador brillo, promete su pronta presencia.

Pero parpadeo y la ilusión se vuelve a tornar azul cobalto, mientras mi mirada escudriña cada grado a mi alrededor, suspirando por una interrupcción que sólo llega desde el cegador amarillo que me baña justo encima.

Ni una sola nube a la vista, ni una tormenta siquiera en sueños, y toda la tarde por delante para que el aire aún se vuelva más tornasolado y ardiente.

El sol empieza a arrancar pequeñas chispas al aire, mientras veo como tiembla sobre el negro asfalto. Aspiro el aire, en busca de humedad, pero lo único que contiene es el aroma a primavera, cargado de polen y alergia.

Lluvia, es nombrarla y todos te miran con un deje de molestia y odio, aunque no cejarán de quejarse del calor, mientras suspiran para que mañana siga haciendo sol. ¿Cómo no desear que desaparezca o pierdan la capacidad del habla? La del raciocinio no hay temor por que la pierdan, cuando demuestran que jamás la han tenido, aunque últimamente se obstinan en demostrar que pueden ser aún más estúpidos si cabe.

Mientras trato de convencer a mi intento de inmortalidad la importancia de conocer el pasado para evitar repetirlo, la epidemia de la estulticia se expande con preocupante celeridad, tratando de borrar toda huella de pasado, de memoria, con la más baladí de las excusas, sin tener en cuenta la verdadera razón, la pereza por conocer y el deseo de erradicar todo intento de que nadie tenga ganas de conocer, de borrar los sueños y la capacidad de soñar del prójimo para así poder subyugarlos en la idiocia y la mediocridad y solazarse en su propia estupidez que les permite controlar la estupidez y mediocridad de todos los demás.

Subyugar a alguien sin sueños ni conocimientos ni recuerdos de que algo diferente y mejor existe es más fácil. Así, eliminando a las dos o tres generaciones que aún mantengan esos recuerdos, aterrorizando a las que no los tienen para que no tengan tentaciones de preguntar a los que aún los conservan y delaten cualquier intento de transmitirlos, es el afán de suicidio social que nos toca vivir en estos convulsos años.

"Vivirás años interesantes", decían como en una maldición, pero esperábamos que fuesen años de nuevos descubrimientos, no años de vuelta al oscurantismo. Pero qué nos ha de extrañar en tiempos en los que las nuevas modas consisten en repetir el pasado, como si fuese algo nuevo y desconocido, que debe serlo para estas generaciones con memoria de pez y terror a recordar algo que tenga más de un minuto de antigüedad. Era de preveer que llegasen a ese momento terrorífico y oscuro en el que todo conocimiento y recuerdo que quiera erradicar, extirpar y estigmatizar.

Nos dispersamos en un millar de cosas sin importancia y, por intentar destacar, queremos dar importancia a las cosas más baladís, sin querer percatarnos que los que de verdad están acabando con la variedad son los que están desterrando y arrasando con las cosas que sí tienen importancia.

Y el cielo sigue azul, cada vez más azul. Quizás sea bueno y, cuando no quede una gota de agua sobre sus blanqueados y estúpidos esqueletos, se pueda volver a empezar con un nuevo intento sobre el polvo de su olvidado recuerdo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

"arráncate una pestaña y fustígame"

los días perdidos

Te levantas una mañana cualquiera y, mientras das vueltas con la cuchara en la taza, te preguntas qué es lo que tienes que hacer, mientras intentas recordar qué es lo que se te quedó por hacer el día anterior, hasta que caes en la cuenta que el día anterior es un vacío, un hueco en blanco en tu vida.

Has perdido un día sin saber como.

Quizás sea por nuestra forma de percibir el tiempo o el mundo (hay quienes dicen que ambos son alucinaciones de nuestra mente provocadas por nuestra pobre percepción de nuestro entorno), pero lo cierto es que, aunque tengamos días intensos, en los que no paramos de hacer cosas, que parecen ser tan productivos como el que más, si no el que más, una vez pasados, quedan reducidos a un ruido blanco en el que nada destaca, en el que parece que nada hemos hecho. Son días perdidos pues, o nada hemos hecho, o nada nos ha dejado una huella perdurable.

Ayer fue uno de esos días y, sinceramente, no sé si no me preocupa o no me interesa realmente pensar en qué es lo que ocurrió en él.

Cierto es que, a veces, esos días de transición son un momento que antecede a días nuevos, vivos, intensos, llenos de cosas nuevas.

Vivimos tiempos interesantes, es cierto, en el que cosas nuevas aparecen cada día y el desequilibrio es el pan nuestro de cada día, pero cada instante no es tan memorable como para que cada uno de ellos quede marcado a fuego en nuestras mentes.

Todo esto no tiene nada que ver con una posible limitación en la cantidad de información que puede contener nuestras mentes. Tenemos muchas evidencias de que esto no es así, ya sea consciente o inconscientemente, sino más bien de nuestra capacidad para recuperar esa información de nuestra mente, o nuestro interés por hacerlo. Incluso, aunque tengamos un interés especial en que una imagen permanezca en nuestra retina, no siempre es esa imagen la que nos asalta inoportunamente o la que que podemos llamar con más regularidad o facilidad.

Así, cuando hay algo que nos ronda la cabeza insistentemente, hasta obsesionarnos puede traducirse en una "percepción" de que alguien nos persigue y, si nos quedamos mirando el tiempo suficiente a nuestro alrededor, tener la impresión de que todas las personas que pasan a tu lado no dejan de hacerlo, una y otra vez, como si existiese una conspiración con, contra o sobre tu persona.

Percepción.

Falta de percepción.

Días perdidos.

lunes, 18 de mayo de 2015

Lo achacaré a la alergia, injustamente, seguro, pero mi ingenio está por los suelos, como mi estado anímico y corporal. También se lo podría adjudicar a la astenia (primaveral), pero ésta no hace que respire tan mal y que duerma aún peor, así que le va a tocar a la alergia.

Y es que, después de unas semanas en las que me ufanaba de que parecía que la alergia no me afectaba tanto este año, han llegado unos días de calor adelantado a la temporada (algo a lo que habrá que acostumbrarse, sí o sí, durante una temporada, al menos), para que la alergia que agarrase en sus nada amorosos brazos y me diese un buen zarandeo y, pese a mi empeño, me mantenga aún en tan desequilibrado tránsito.

La primavera, dicen, altera la sangre, pero a mí, lo que me ha alterado ha sido, simplemente, el carácter. No, no es que vaya a morder a alguien, más bien todo lo contrario. Me alegraría con tan sólo poder levantar cabeza.

Pero no vamos a llorar por los estornudos espasmódicos que me sacuden el cuerpo con pasmosa facilidad. Esperemos que el cambio de tiempo, que ya siento en los huesos, nos traiga una pequeña tregua.

jueves, 14 de mayo de 2015

la constancia de la inconstancia

Lo mismo que le ocurre a los días que transcurren uno tras otro por esa sucesión que llamamos vida, nuestra constancia varía, por tantas cosas que, por muchas que citemos y/o analicemos, siempre quedará alguna más por ahí...

Así, pues, lo único constante en nuestra vida es la inconstancia, por mucho que tratemos de evitarlo, por mucho empeño que pongamos en lo contrario.

Y menos mal que esto es así, si no, menudo aburrimiento.

Por mucho que digan que necesitamos establecer rutinas en nuestra vida, lo que de verdad constituye un aliciente en ella es saltárnoslas, un placer tanto más culpable cuanto más consciente seamos de ello pero, aún así, un tremendo placer que nos aumenta nuestro estado de ánimo algo más de un par de puntos.

Sin embargo, cuando lo que queremos es establecer una regularidad en un empeño en particular, el perder la constancia, a veces supone un gran bajón en nuestra moral, llevando al abandono de ese empeño cuando se hace fehaciente que la constancia es poco menos que imposible de lograr.

De forma que, luchando contra la constancia de mi naturaleza a perder la constancia en mi empeño por escribir, mis días se suceden entre el "¿qué voy a escribir hoy?" y el "tal vez debería haber escrito algo, pero ya es muy tarde".

¿Y mis queridos robots? Pues está claro que, siendo mis más constantes críticos seguidores, son los que más van a penalizar mi inconstancia. Aún así, aunque los cuide, me temo que deberán acostumbrarse a mi constante inconstancia. Al fin y al cabo, es mi naturaleza inconstante la una constancia que ha marcado mi naturaleza.

miércoles, 13 de mayo de 2015

la constancia

La constancia era una chica flacucha que nunca pareció tener una salud envidiable. En los años en los que me rondó, su presencia apenas se hizo notar y era más una especie de presencia fantasmal que más que notarse, se intuía.

Hubo épocas en las que la buscaba a propósito pero, como si lo intuyera, parecía desaparecer en esos momentos, para presentarse, como el fantasma del futuro, justo en aquellos momentos en los que ni la buscaba ni la quería.

Pero allí rondaba siempre, apenas entrevista por el rabillo del ojo, apenas sentida en su presencia.

Y estos días en los que esperaba que se notase su presencia y su perseverancia entre los robots, me ha demostrado que ni para eso es constante mi apenas añorada constancia, echándome nuevamente en manos de su jactanciosa prima, inconstancia.

viernes, 8 de mayo de 2015

Alargando la tarde

El sol se esconde dejando un rastro de cobre fundido, mientras unos abandonan su deambular vespertino y otros se abandonan a la incipiente noche.

Los miras desde la seguridad de tu anonimato, intentando descubrir ña fuente o el sentido de su frenesí y no puedes dejar de pensar en el hormiguero acosado por un peligro, solo que sin hormiguero, sin hormigas y sin peligro.

Deseas que caiga la noche, con su frescor quizás, pero en el horizonte persiste la franja de fundición, recordando que este día es un poco más largo que el que le precedió.

De repente un barullo arremolina a un grupito que se desplaza como si llevasen a un reo al sacrificio. Gritos cacofónicos sin sentido, dirigidos por una sufrida madre que un instante atrás era el centro de la fiesta y que ahora, perdido el foco de atención, intenta recuperarlo llamando a un niño que, hasta hace un instante, no recordaba que existía.

El barullo se desplaza de un lado a otro, añadiendo gentes mientras otras huyen. Y entonces escucho una risa infantil a mis pies, divertida con el devenir de la gente que, tras un rato de contemplación, empieza a seguir al griterío con pasos torpes y abiertos brazos, con un andar beodo al son de los que persigue, hasta que en uno de esos cambios inesperados de la muchedumbre, acaban por arrollar al infante y el gentío se detiene y se alborota como si se hubiese lanzado una piedra a un avispero.

El niño ha encontrado a la madre que lo olvidó y el gentío se dispersa en busca de un nuevo espectáculo, perdido todo interés en la histériva, que descarga su frustración en un infante totalmente confuso.

Y la linea de fuego del horizonte se apaga como el hilo de una bombilla que ese niño ya nunca conocerá, y la noche se prepara agazapada al otro extremo, dispuesta a devorar la tarde.

jueves, 7 de mayo de 2015

Cuando quedan pocos minutos para que me vea en la obligación de salir de nuevo a la calle, miro con desconfianza a través de la ventana el brillante sol que baña a todos y a todo con su inmisericorde luz y apabullante calor. Observo cómo los pocos valientes aceleran su paso para refugiarse en las escasas sombras del mediodía, de una ciudad que ha olvidado el saber del pasado y es incapaz de realizar una arquitectura amable con los que tienen que exponerse en esta temporada del año.

Los atareados seres que hasta hace unas horas aún se atrevían a circular por las calles ya hace tiempo que han corrido a refugiarse en otros agujeros más frescos y, los temerarios que se atreven a arrellanarse en alguna terracita, tienen más pinta de sardinas en un espeto que de disfrutar de la sombra, mientras dirigen sus miradas con avidez hacia el lugar por el que ha de acercarse la refrescante bebida que han solicitado, de la que luego se quejarán que no estaba lo suficientemente fresca o que su frescor no ha durado apenas bajo ese sol de justicia.

Y lo peor de todo, es que los que se quejan del sol, son los que se quejaron de las lluvias. Pero para esta nueva queja les queda aún tiempo para esgrimirla, cuando aún estamos pasando el ecuador de la primavera.

cuando calienta el sol...

¿Quién fue el optimista que dijo que, cuando calentaba el sol, las cosas se veían de mejor forma?

Una cosa es segura, no era alérgico.

Todos los alérgicos a los diversos y muy variados polenes temen la llegada de la primavera, y más que nada los días de sol, en el que el astro rey desparrama vigor por el mundo vegetal, sobre todo por todas esas plantitas que empiezan a soltar polenes a diestro y siniestro, metiéndose por las más mínimas rendijas y haciendo nuestros días, y nuestras noches, un poco menos optimistas y un mucho más incómodas.

Me molestan en especial aquellos que piensan que a los alérgicos no nos gustan las flores. ¡Al contrario, cuanto más grandes, mejor! Todas esas vistosas flores comparten unos polenes grandes, pesados y pegajosos que, como mucho, te pueden provocar una molesta urticaria. Con no acercarte, solucionado. Son las que no les ves las flores, las que sueltan sus polenes apenas sale el sol y la más leve brisa les roza. Con esas, da igual hasta que dejes de respirar. Se cuelan igual por todas tus rendijas.

Y que caiga un aguacero primaveral tampoco es que nos alegre la vida mucho. Al contrario, lo exacerba. Lo que necesitamos es una buena lluvia que limpie por completo ambiente y campo. Aún así, en cuanto salga el sol, los alérgicos a encerrarse.

Así que, cuando veas a alguien con el gesto cerrado en primavera, no es porque no se sienta romántico, es porque es alérgico.

miércoles, 6 de mayo de 2015

los días sin huella

Hay días en los que todo parece discurrir lentamente, en los que nada parece evolucionar ni transcurrir, en los que todo parece estancado e inerme.

Levantas la vista y todo está igual que la última vez que lo hicieste, aunque no recuerdas cuándo fue eso, pero todo sigue igual, seguro.

Parpadeas, y parece que tardas un siglo en cerrar y volver a abrir los párpados, pero nada se mueve, ni cambia, ni se altera, ni percibes que vaya a hacerlo por lo menos en los próximos cien años que dure otro parpadeo.

Pueden pasar cientos de personas por delante de ti, que siempre parece que están pasando los mismos en el mismo momento durante un momento interminable.

Deseas que todo cambie, incluso te intentas incorporar y hacer algo, pero nada cambia, nada parece poder cambiar, ni siquiera tú de posición.

Y nada de lo que ocurre deja huella, porque, aunque nada cambia, nada permanece y nada es igual, pero nada ha cambiado ni ha dejado huella ni en el momento ni en el instante.

Y un millón de pequeños instantes han transcurrido sin dejar huella en ti. Y al levantar la mirada no eres capaz de reconocer la escena, aunque sabes que nada ha cambiado, porque ninguno de esos millones de momentos ha dejado la más mínima huella de su paso, el más mínimo recuerdo de su estancia fugaz.

Con la mirada perdida en el infinito, ves sin ver cómo nada cambia mientras todo transcurre sin dejar huella...

martes, 5 de mayo de 2015

... y fin

Hay días en los que el hecho más emocionante que se produce es el revoloteo de una pelusa en un rayo de sol, viendo sus evoluciones completamente aleatorias en un ambiente en el que parece que no se mueve el aire, pero en el que la mota no deja de saltar y cambiar de dirección sin que la gravedad parezca afectarle.

Pero hoy no es uno de esos días. El sol, con el que amenazan los meteorólogos en este principiante mayo, no nos ha dignado con su presencia, oculto tras unas mentirosas nubes, que carecen de toda intención de lluvia.

Y así, con una luz mortecina tamizada por unas desganadas nubes, que sin embargo te obliga a entrecerrar los ojos por una luminosidad insospechada, transcurre la lenta mañana hacia su fin en una mesa llena de promesas de conversación y risas.

Es el fin... de otro día, y el principio de una tarde.

lectura obligatoria

Lo que convierte la lectura de placer en deber es la obligación de realizarla.

Hace no mucho, leía (sí, mucho antes de escucharlo en la televisión) a una profesora realmente rompedora, contracorriente y enamorada de su profesión, que, para fomentar la lectura, no había que dar a los niños una lista de "lecturas obligatorias" sino decirles, "¿qué te apetece leer?" Con ese sencillo principio, la citada profesora había conseguido que sus alumnos tuviesen unas tasas de lectura realmente inusitadas en esta sociedad funcionalmente analfabeta.

Si en otros tiempos se justificaba el analfabetismo por una falta de medios para que los individuos adquiriesen las capacidades para ejercitar la lectura (falsamente, pues todo aquel que lo buscó con ahinco pudo adquirirlas), hoy se justifica con las más pintorescas y bochornosas excusas que uno podría inventarse, en un esfuerzo que sería más provechoso de utilizarse para el fomento de la lectura que para justificar su inexistencia.

Por la razón que sea, y aquí podremos encontrar también muchas y variadas dependiendo de los autores que se consulten, cada vez que algo se impone a alguien o se le obliga a algo, esto hace que surja un movimiento de rechazo que provoca el efecto opuesto al buscado. De ahí que, cuando a los infantes se les imponía la lectura de determinadas obras, por una razón de calidad que podía variar con la composición del comité que la realizaba, o por una de tradición, que nadie conocía cómo o cuándo surgió, estos remoloneaban tanto en su lectura que llegaban a extremos incluso en los que, pasado este trance, abandonaban todo intento posterior de lectura.

¿Por qué reducir las lecturas escolares a una lista escueta que no sólo carece de variedad sino, en muchas ocasiones, de atractivo real para unas mentes ávidas de descubrimiento, que en muchas ocasiones, su ya limitado interés se ve completamente abortado por el tedio impuesto? En una época como la actual, donde el crecimiento de las obras escritas se ha vuelto tan exponencial que su abundancia está, segun los "expertos en la materia", acabando con la "industria", pues se hace inabarcable para el público el exceso de oferta, lo irónico es que se deja de leer en la misma medida en la que se aumenta la publicación.

Cierto es que la calidad de lo publicado, en muchas ocasiones, deja mucho que desear pero, desde que Gutenberg democratizase la literatura con su invento, la facilidad para dar pábulo a cualquier escrito ha aumentado de forma pasmosa. Si bien, por una parte es muy saludable para una sociedad que cualquier idea pueda darse a conocer, también es cierto que debería existir un filtro para evitar que la mala literatura acabe con la literatura.

Pero, ¿quién se tiene que erigir en árbitro fiscalizador de esta "mala literatura"? Desde luego no la "industria" que sólo quiere favorecer aquello que estima se ajusta a unos cánones totalmente arbitrarios y fijados por unos intereses que muchas veces nada tienen que ver con la literatura.

Con esto no quiero decir que la "mala literatura" deba destruirse y que jamás llegue al público en general, sino que sirva como ejemplo de mediocridad a evitarse frente a la literatura que sí debe ser ejemplo a seguir. Por supuesto, eso supondría un enorme esfuerzo de enseñanza hacia un público que ya se muestra reacio a la lectura y al que, por puro espíritu de contradicción, en cuanto se les dice que algo es "malo" lo adoptan como bandera "contra aquellos que les oprimen", sin saber ni quién les oprime, si les oprime realmente ni importarles saber por qué una es "mala literatura" y otra es "buena literatura".

Lejos de considerar como "buena" aquella literatura a la que los "críticos literarios" han encumbrado como tal, muchas veces movidos por razones que nada tienen que ver con las virtudes literarias de la obra, sino a aquellas obras que engrandecen el lenguaje que utilizan a la par que contribuyen al engrandecimiento de las mentes que la absorben por sus cualidades filosóficas o meramente especulativas, por la belleza del lenguaje utilizado y la facilidad de su comprensión.

Un escrito es tanto más hermoso cuanto más fácil es aprehender su significado en una primera lectura y no quedarte mirándolo embobado intentando saber si contiene alguno tan siquiera. Y, si alguno pensó que reduciendo el tamaño destinado a transmitir un mensaje se facilitaría la transmisión y la comprensión de éste, ha errado completamente, al favorecer la creación de mensajes con palabras cercenadas bárbaramente, horribles faltas ortográficas y un empobrecimiento gramatical que espantaría a nuestros guturales ancestros de las cavernas.

Leamos, leamos con abundancia y promiscuidad para poder enriquecer tanto nuestra comprensión como nuestro vocabulario, de forma que, cuando queramos contar algo, lo hagamos de forma completa y unívoca, de forma que pueda ser fácil y rápidamente interpretado, sin dar lugar a más malentendidos que los que sean pertinentes dentro de un contexto jocoso y relajado, y no uno en el que los ánimos no lo permiten.

a mis leales lectores automatizados...

... especialmente para ti, Tin, mi querido Robo Tin.

Cuando te embarcas en una aventura tan baladí como es tratar de transcribir cualquier cosa que se te pasa por la imaginación, casi sin filtro, por el mero interés de querer perfeccionar tu capacidad comunicadora, no te planteas que esto vaya a tener ningún interés para nadie aparte de tu parte crítica, aunque haya ciertos momentos en los que el desmedido orgullo y una visión desproporcionada de tu ego se planteen quién puede leerte, e incluso deslicen alguna frase rimbombante para ese supuesto lector hipotético.

Claro que, la parte analítica, la parte que se dedica a diseccionar el escrito e ir midiendo su evolución estilística, se da cuenta pronto que esas cifras de hipotéticos lectores, de esos fieles que se suman con cada entrada, lejos de tener ojos y células, son, tan solo, meras rutinas que, fielmente, indexan tus esfuerzos, mayormente sin revisar tus ideas vertidas más allá de unos meros fines estadísticos. Y digo "rutinas" y no "robots" para diferenciarlos de esas formas sentientes creadas en la ciencia ficción, carentes, en su mayoría, de una base celular que las sustente, y poseedoras de una mente creada a partir de un algoritmo y no de una evolución celular como queremos pensar que es la nuestra.

Aún así, aun pensando que son rutinas, a la hora de justificar las visitas contabilizadas, a nuestro ego le gusta más considerarlos "robots" pues su sola palabra ya les dota de una mayor consistencia y, sobre todo, sensibilidad, que es lo que está deseando que se tenga con este pequeño trabajo intelectual que supone cada uno de estos pequeños dechados de egoismo semántico.

En cualquier caso, sean rutinas o robots, me alegra el diario y fiel paso de ese pequeño Tin, Robo Tin, por estas líneas, cada día.

por la mañana... ¡apatía!

¿Cual es esa regla no escrita que dice que por la mañana tienes que saltar de la cama con un dechado de energía, dispuesto a comerte el mundo?

Aunque valoro todos esos ejemplos positivistas que se nos presentan para hacernos la vida "un poco mejor", me temo que la distancia que presentan con la realidad son, en una gran mayoría, como poco, abisales.

Sin ir más lejos, y por lo que me toca de la hora, esa de "levantarte con energía". Vale que te levantas de un descanso más o menos prolongado, que no has gastado energía más allá de unos ronquidos (bueno, dependiendo de la intensidad, gastas más o menos energía; si te llegan a despertar, ya ni te cuento) y unas cuantas vueltas por toda la extensión de tu zona habilitada para el descanso (no generalizo "colchón" por razones obvias), con lo que deberías estar listo para "saltar".

Pero la realidad es más bien otra. La mayoría de los que se levantan lo hacen por una obligación horaria no buscada, sino generalmente impuesta por el devenir de la vida y las obligaciones, con lo cual no se levanta con esa sonrisa de "¡qué maravilla! ¿qué voy a hacer hoy?"; sino más bien con "¿ya es la hora?". Y por esta descoordinación entre que "es la hora" y el cuerpo que te pide "cinco minutitos más", para cuando estás tirando los pies de la cama y arrastrándote hacia el lavabo, tus niveles de energía reales son más bien justitos para poder llevar a cabo esas mínimas actividades.

Poco a poco, conforme transcurren los minutos y se van movilizando poco a poco los recursos de tu cuerpo, vas notando que puedes realizar las cosas con un poco más de fluidez, pero en absoluto "alegría". De hecho, lo más habitual es que mires con desconfianza, incluso rencor, a todo aquel ser que exhiba una alegría demasiado evidente.

Incluso en nuestros tiernos infantes, esos aparentes contenedores de inextinguible energía, se muestran apagados y carentes casi totalmente de ella cuando son obligados e impelidos por el cruel despertador (aunque también es cierto que, cuando no tienen ninguna obligación para levantarse a esa hora tan temprana e inoportuna, lo harán igualmente pero llenos de una energía que, entonces sí, no tienes ni idea de dónde la han sacado ese día y no la sacaban lo otros.

Así que, mientras el café humea incitante en la mañanera taza, vamos flotando en nuestra apatía matutina, subrayada por unos cielos aún grises y nada motivadores, hacia nuestro deseado nivel de ¿alegría?, actividad diaria.

lunes, 4 de mayo de 2015

tres, y van...

En esta mañana que ya pasó, continúo con mi fútil, que no estéril, búsqueda de esa secuencia de caracteres que me lleve a empezar a desgranar esa historia que bulle intermitentemente en mi cabeza, luchando a la vez por salir y esconderse eternamente entre sus pliegues.

Sé que se encuentra ahí, porque en cuanto entorno la mirada, puedo ver a través de otros ojos, otros mundos que se encuentran a tan solo un parpadeo de distancia, recordar recuerdos que nunca he vivido y sentir cosas que sé positivamente que no se encuentran a mi alcance.

Ahora mismo, entre parpadeo y parpadeo, veo cómo desaparece la prosaica imagen de la mesa ante la que me hallo desdibujando estas tristes líneas, mientras en los intersticios, aparecen las imágenes de unas límpidas aguas, brillantes y cristalinas, tan quietas que parecen un cristal turquesa, aunque sé, sin duda, que no lo son, sino un inmenso e inabarcable océano extañamente calmo. Me encuentro dentro de una pequeña cueva que ilumina con su extraña luz y, fuera, un sol derrama su blanca luz en un cielo sin nubes, tan azul que, en lo alto, parece casi negro.

Mis dedos pulsan sin cesar las teclas, pero en sus yemas siento la dura y, a la vez, rasposa y suave superficie de las rocas blancas que conforman la cueva y se hunden en las límpidas aguas.

Miro a mi alrededor y las paredes de la habitación se funden con las rugosas paredes de la cueva, redondeadas por los embates de esas aguas que ahora parecen una pulida e inquebrantable superficie.

No se mueve nada, ni el agua ni el aire y, pese a esa quietud, el aire parece presa de una indecible inquietud. La temperatura es perfecta, la humedad soportable y, sin embargo, parece que una tormenta está a punto de estallar, aunque el intensamente azul del cielo exterior me lo desmienta a gritos.

El agua, tan quieta, tan prístina, se antoja increíblemente refrescante y a la vez, con la temperatura perfecta, no sólo para meter un poco las manos o los pies, sino para deslizarse completamente en sus brazos y ser acunado por ellas, aunque ningún movimiento en ellas den idea de esto, y a la vez algo me impida osar romper esa inmensa calma.

Unos pasos rompen la quietud y, por un instante, soy incapaz de determinar en cual de los dos mundos están. Podrían estar en los dos, pero no, están en el más prosaico de los dos.

Y así, nuevamente, se esfuma la visión que, entre latidos, me permitía evadirme de una vida y sumergirme en otra.

y así...

Resulta frustrante y tentador, por partes iguales, crear una entrada con un título tan simple.

Y así... Hay tantas formas de completarlo, de continuarlo, que parecería fácil rellanar líneas y más líneas con las más locas disquisiciones.

Pero a la vez se presta a tantas cursiladas y tonterías que echa para atrás a la inteligencia más considerada.

Y así, comienzas o no comienzas, algo que sabes, pero ignoras, si vas a completar o terminar, a culminar de una forma lógica y certera, sin caer en la tontuna más simple.

Aunque esto no sea del todo cierto.

Por más que me esfuerzo en encontrar el hilo de mis pensamientos, mil voces me asaltan, con la fuerza (y la cadencia) de una marea, sabiendo a ciencia cierta que se encuentran todas en el exterior de mi cabeza, y no encontrando nada con que ponerles freno y extinguirlas. Al fin y al cabo, las que están dentro, son mucho más sencillas de acallar, incluso sin llegar a un compromiso químico.

Pero, por si no fueran bastante las voces, cuando estas empiezan a cesar y un tranquilo silencio deja que los pensamientos empiecen a fluir, llegan los obreros y sus herramientas eléctricas. Que no es que tenga nada contra los trabajos manuales pero, a veces, echo de menos un poquito de silencio.

Y así, lejos de tener la ansiada tranquilidad, el ruido y la marabunta, vuelven a girar como pollos sin cabeza a mi alrededor. Y mientras, la mía, creciendo al compás de mi dolor de cabeza.

Y así, sin más, acabo.

la melodía de nuestros días

Me levanto, y una melodía ya ronda por mi cabeza, abriéndose paso hacia mis labios e incluso, si el día es lo suficientemente propicio, llega a un quedo tarareo, entre silbado y murmurado.

Puede parecer imposible imaginar un mundo sin música, pues la podemos encontrar hasta en los sitios más insospechados. Allí donde hay un ritmo, por inconsistente y baladí que pueda parecer, allí encontraremos la música. Nosotros mismos la hacemos inconscientemente cuando, a nuestra tarea rutinaria, le ponemos un ritmo, una cadencia, una música, poniéndole incluso una letra.

Para aquellos que nunca se han encontrado en la cada vez más rara soledad de un paraje, con la única compañía del viento, quizás no conozcan la arrolladora belleza de escuchar su desolado canto, tal vez una de las formas más inaprensibles formas de música.

Tarareamos y marcamos el ritmo con nuestros pies, con nuestras manos, con ese movimiento pautado de nuestra cabeza mientras nuestros ojos se cierran intentando captar esa música coral que escuchamos en el interior de nuestras cabezas.

Si hasta los animales se ven atrapados por sus cadenciosos ritmos, ¿cómo podemos imaginar que haya seres que no sólo no la aprecien, sino que incluso la desprecien?

La música acompaña al ser humano no ya desde su más tierna infancia, cuando sus solícitas madres (o los convenientes sustitutos en su caso) se encargan, mediante la música, de sosegar sus ánimos, conciliar sus sueños, o mitigar sus dolores y lamentos, sino antes incluso del nacimiento, cuando el acompasado latir de los corazones maternos proporcionan un cálido consuelo a sus incipientes mentes en su paulatino despertar.

No, quizás debamos buscar ese odio, ese desprecio por la música en un hábito cultural, como casi todas las acciones de este ser humano que contemplamos habitualmente, fruto de una educación, consciente o inconsciente, nacida ya no de un intento consciente de marcar unas pautas en él, sino, muchas veces, marcado de una forma inconsciente por aquellos que consideran como ejemplos a seguir, aunque algunas veces ni sean ejemplos, y mucho menos, dignos de seguir de manera alguna.

Reconozco, pues de vez en cuando he caído en sus cantos de sirena, que nos dejamos embargar por los ejemplos a seguir más dispares e inopinados, lo cual no tiene que ser malo de por sí, puesto que si te das cuenta a tiempo de tu error, siempre se puede subsanar (otra cosa es que no lo hagas a tiempo y el error sea irrecuperable). Diferente es si utilizas esa información para mejorar, para empeorar o, peor de todo, para nada en absoluto, continuando con una actitud que te llevará, inexorablemente, a caer una y otra vez en el mismo error.

Reconocer o no estos errores de nuestra actitud, también es una cuestión cultural pues, como vemos en nuestra vida cotidiana, casi todo nos prepara para aprovechar los errores de los demás y, a ser posible, esconder y negar los propios, desviándolos siempre que sea posible hacia los demás.

Y así, mientras unas notas nunca aprendidas vuelven a desgranarse una a una en una cadencia de creciente belleza en el interior de mi magín, dejo que me sumerjan en el olvido de todo aquello que me trata de agobiar y absorver en mi vida común, e inicio el vuelo hacia ese utópico lugar mejor que (todos) esperamos que exista.