Lo que convierte la lectura de placer en deber es la obligación de realizarla.
Hace no mucho, leía (sí, mucho antes de escucharlo en la televisión) a una profesora realmente rompedora, contracorriente y enamorada de su profesión, que, para fomentar la lectura, no había que dar a los niños una lista de "lecturas obligatorias" sino decirles, "¿qué te apetece leer?" Con ese sencillo principio, la citada profesora había conseguido que sus alumnos tuviesen unas tasas de lectura realmente inusitadas en esta sociedad funcionalmente analfabeta.
Si en otros tiempos se justificaba el analfabetismo por una falta de medios para que los individuos adquiriesen las capacidades para ejercitar la lectura (falsamente, pues todo aquel que lo buscó con ahinco pudo adquirirlas), hoy se justifica con las más pintorescas y bochornosas excusas que uno podría inventarse, en un esfuerzo que sería más provechoso de utilizarse para el fomento de la lectura que para justificar su inexistencia.
Por la razón que sea, y aquí podremos encontrar también muchas y variadas dependiendo de los autores que se consulten, cada vez que algo se impone a alguien o se le obliga a algo, esto hace que surja un movimiento de rechazo que provoca el efecto opuesto al buscado. De ahí que, cuando a los infantes se les imponía la lectura de determinadas obras, por una razón de calidad que podía variar con la composición del comité que la realizaba, o por una de tradición, que nadie conocía cómo o cuándo surgió, estos remoloneaban tanto en su lectura que llegaban a extremos incluso en los que, pasado este trance, abandonaban todo intento posterior de lectura.
¿Por qué reducir las lecturas escolares a una lista escueta que no sólo carece de variedad sino, en muchas ocasiones, de atractivo real para unas mentes ávidas de descubrimiento, que en muchas ocasiones, su ya limitado interés se ve completamente abortado por el tedio impuesto? En una época como la actual, donde el crecimiento de las obras escritas se ha vuelto tan exponencial que su abundancia está, segun los "expertos en la materia", acabando con la "industria", pues se hace inabarcable para el público el exceso de oferta, lo irónico es que se deja de leer en la misma medida en la que se aumenta la publicación.
Cierto es que la calidad de lo publicado, en muchas ocasiones, deja mucho que desear pero, desde que Gutenberg democratizase la literatura con su invento, la facilidad para dar pábulo a cualquier escrito ha aumentado de forma pasmosa. Si bien, por una parte es muy saludable para una sociedad que cualquier idea pueda darse a conocer, también es cierto que debería existir un filtro para evitar que la mala literatura acabe con la literatura.
Pero, ¿quién se tiene que erigir en árbitro fiscalizador de esta "mala literatura"? Desde luego no la "industria" que sólo quiere favorecer aquello que estima se ajusta a unos cánones totalmente arbitrarios y fijados por unos intereses que muchas veces nada tienen que ver con la literatura.
Con esto no quiero decir que la "mala literatura" deba destruirse y que jamás llegue al público en general, sino que sirva como ejemplo de mediocridad a evitarse frente a la literatura que sí debe ser ejemplo a seguir. Por supuesto, eso supondría un enorme esfuerzo de enseñanza hacia un público que ya se muestra reacio a la lectura y al que, por puro espíritu de contradicción, en cuanto se les dice que algo es "malo" lo adoptan como bandera "contra aquellos que les oprimen", sin saber ni quién les oprime, si les oprime realmente ni importarles saber por qué una es "mala literatura" y otra es "buena literatura".
Lejos de considerar como "buena" aquella literatura a la que los "críticos literarios" han encumbrado como tal, muchas veces movidos por razones que nada tienen que ver con las virtudes literarias de la obra, sino a aquellas obras que engrandecen el lenguaje que utilizan a la par que contribuyen al engrandecimiento de las mentes que la absorben por sus cualidades filosóficas o meramente especulativas, por la belleza del lenguaje utilizado y la facilidad de su comprensión.
Un escrito es tanto más hermoso cuanto más fácil es aprehender su significado en una primera lectura y no quedarte mirándolo embobado intentando saber si contiene alguno tan siquiera. Y, si alguno pensó que reduciendo el tamaño destinado a transmitir un mensaje se facilitaría la transmisión y la comprensión de éste, ha errado completamente, al favorecer la creación de mensajes con palabras cercenadas bárbaramente, horribles faltas ortográficas y un empobrecimiento gramatical que espantaría a nuestros guturales ancestros de las cavernas.
Leamos, leamos con abundancia y promiscuidad para poder enriquecer tanto nuestra comprensión como nuestro vocabulario, de forma que, cuando queramos contar algo, lo hagamos de forma completa y unívoca, de forma que pueda ser fácil y rápidamente interpretado, sin dar lugar a más malentendidos que los que sean pertinentes dentro de un contexto jocoso y relajado, y no uno en el que los ánimos no lo permiten.