miércoles, 6 de mayo de 2015

los días sin huella

Hay días en los que todo parece discurrir lentamente, en los que nada parece evolucionar ni transcurrir, en los que todo parece estancado e inerme.

Levantas la vista y todo está igual que la última vez que lo hicieste, aunque no recuerdas cuándo fue eso, pero todo sigue igual, seguro.

Parpadeas, y parece que tardas un siglo en cerrar y volver a abrir los párpados, pero nada se mueve, ni cambia, ni se altera, ni percibes que vaya a hacerlo por lo menos en los próximos cien años que dure otro parpadeo.

Pueden pasar cientos de personas por delante de ti, que siempre parece que están pasando los mismos en el mismo momento durante un momento interminable.

Deseas que todo cambie, incluso te intentas incorporar y hacer algo, pero nada cambia, nada parece poder cambiar, ni siquiera tú de posición.

Y nada de lo que ocurre deja huella, porque, aunque nada cambia, nada permanece y nada es igual, pero nada ha cambiado ni ha dejado huella ni en el momento ni en el instante.

Y un millón de pequeños instantes han transcurrido sin dejar huella en ti. Y al levantar la mirada no eres capaz de reconocer la escena, aunque sabes que nada ha cambiado, porque ninguno de esos millones de momentos ha dejado la más mínima huella de su paso, el más mínimo recuerdo de su estancia fugaz.

Con la mirada perdida en el infinito, ves sin ver cómo nada cambia mientras todo transcurre sin dejar huella...