Cuando quedan pocos minutos para que me vea en la obligación de salir de nuevo a la calle, miro con desconfianza a través de la ventana el brillante sol que baña a todos y a todo con su inmisericorde luz y apabullante calor. Observo cómo los pocos valientes aceleran su paso para refugiarse en las escasas sombras del mediodía, de una ciudad que ha olvidado el saber del pasado y es incapaz de realizar una arquitectura amable con los que tienen que exponerse en esta temporada del año.
Los atareados seres que hasta hace unas horas aún se atrevían a circular por las calles ya hace tiempo que han corrido a refugiarse en otros agujeros más frescos y, los temerarios que se atreven a arrellanarse en alguna terracita, tienen más pinta de sardinas en un espeto que de disfrutar de la sombra, mientras dirigen sus miradas con avidez hacia el lugar por el que ha de acercarse la refrescante bebida que han solicitado, de la que luego se quejarán que no estaba lo suficientemente fresca o que su frescor no ha durado apenas bajo ese sol de justicia.
Y lo peor de todo, es que los que se quejan del sol, son los que se quejaron de las lluvias. Pero para esta nueva queja les queda aún tiempo para esgrimirla, cuando aún estamos pasando el ecuador de la primavera.