En esta mañana que ya pasó, continúo con mi fútil, que no estéril, búsqueda de esa secuencia de caracteres que me lleve a empezar a desgranar esa historia que bulle intermitentemente en mi cabeza, luchando a la vez por salir y esconderse eternamente entre sus pliegues.
Sé que se encuentra ahí, porque en cuanto entorno la mirada, puedo ver a través de otros ojos, otros mundos que se encuentran a tan solo un parpadeo de distancia, recordar recuerdos que nunca he vivido y sentir cosas que sé positivamente que no se encuentran a mi alcance.
Ahora mismo, entre parpadeo y parpadeo, veo cómo desaparece la prosaica imagen de la mesa ante la que me hallo desdibujando estas tristes líneas, mientras en los intersticios, aparecen las imágenes de unas límpidas aguas, brillantes y cristalinas, tan quietas que parecen un cristal turquesa, aunque sé, sin duda, que no lo son, sino un inmenso e inabarcable océano extañamente calmo. Me encuentro dentro de una pequeña cueva que ilumina con su extraña luz y, fuera, un sol derrama su blanca luz en un cielo sin nubes, tan azul que, en lo alto, parece casi negro.
Mis dedos pulsan sin cesar las teclas, pero en sus yemas siento la dura y, a la vez, rasposa y suave superficie de las rocas blancas que conforman la cueva y se hunden en las límpidas aguas.
Miro a mi alrededor y las paredes de la habitación se funden con las rugosas paredes de la cueva, redondeadas por los embates de esas aguas que ahora parecen una pulida e inquebrantable superficie.
No se mueve nada, ni el agua ni el aire y, pese a esa quietud, el aire parece presa de una indecible inquietud. La temperatura es perfecta, la humedad soportable y, sin embargo, parece que una tormenta está a punto de estallar, aunque el intensamente azul del cielo exterior me lo desmienta a gritos.
El agua, tan quieta, tan prístina, se antoja increíblemente refrescante y a la vez, con la temperatura perfecta, no sólo para meter un poco las manos o los pies, sino para deslizarse completamente en sus brazos y ser acunado por ellas, aunque ningún movimiento en ellas den idea de esto, y a la vez algo me impida osar romper esa inmensa calma.
Unos pasos rompen la quietud y, por un instante, soy incapaz de determinar en cual de los dos mundos están. Podrían estar en los dos, pero no, están en el más prosaico de los dos.
Y así, nuevamente, se esfuma la visión que, entre latidos, me permitía evadirme de una vida y sumergirme en otra.