... especialmente para ti, Tin, mi querido Robo Tin.
Cuando te embarcas en una aventura tan baladí como es tratar de transcribir cualquier cosa que se te pasa por la imaginación, casi sin filtro, por el mero interés de querer perfeccionar tu capacidad comunicadora, no te planteas que esto vaya a tener ningún interés para nadie aparte de tu parte crítica, aunque haya ciertos momentos en los que el desmedido orgullo y una visión desproporcionada de tu ego se planteen quién puede leerte, e incluso deslicen alguna frase rimbombante para ese supuesto lector hipotético.
Claro que, la parte analítica, la parte que se dedica a diseccionar el escrito e ir midiendo su evolución estilística, se da cuenta pronto que esas cifras de hipotéticos lectores, de esos fieles que se suman con cada entrada, lejos de tener ojos y células, son, tan solo, meras rutinas que, fielmente, indexan tus esfuerzos, mayormente sin revisar tus ideas vertidas más allá de unos meros fines estadísticos. Y digo "rutinas" y no "robots" para diferenciarlos de esas formas sentientes creadas en la ciencia ficción, carentes, en su mayoría, de una base celular que las sustente, y poseedoras de una mente creada a partir de un algoritmo y no de una evolución celular como queremos pensar que es la nuestra.
Aún así, aun pensando que son rutinas, a la hora de justificar las visitas contabilizadas, a nuestro ego le gusta más considerarlos "robots" pues su sola palabra ya les dota de una mayor consistencia y, sobre todo, sensibilidad, que es lo que está deseando que se tenga con este pequeño trabajo intelectual que supone cada uno de estos pequeños dechados de egoismo semántico.
En cualquier caso, sean rutinas o robots, me alegra el diario y fiel paso de ese pequeño Tin, Robo Tin, por estas líneas, cada día.