viernes, 8 de mayo de 2015

Alargando la tarde

El sol se esconde dejando un rastro de cobre fundido, mientras unos abandonan su deambular vespertino y otros se abandonan a la incipiente noche.

Los miras desde la seguridad de tu anonimato, intentando descubrir ña fuente o el sentido de su frenesí y no puedes dejar de pensar en el hormiguero acosado por un peligro, solo que sin hormiguero, sin hormigas y sin peligro.

Deseas que caiga la noche, con su frescor quizás, pero en el horizonte persiste la franja de fundición, recordando que este día es un poco más largo que el que le precedió.

De repente un barullo arremolina a un grupito que se desplaza como si llevasen a un reo al sacrificio. Gritos cacofónicos sin sentido, dirigidos por una sufrida madre que un instante atrás era el centro de la fiesta y que ahora, perdido el foco de atención, intenta recuperarlo llamando a un niño que, hasta hace un instante, no recordaba que existía.

El barullo se desplaza de un lado a otro, añadiendo gentes mientras otras huyen. Y entonces escucho una risa infantil a mis pies, divertida con el devenir de la gente que, tras un rato de contemplación, empieza a seguir al griterío con pasos torpes y abiertos brazos, con un andar beodo al son de los que persigue, hasta que en uno de esos cambios inesperados de la muchedumbre, acaban por arrollar al infante y el gentío se detiene y se alborota como si se hubiese lanzado una piedra a un avispero.

El niño ha encontrado a la madre que lo olvidó y el gentío se dispersa en busca de un nuevo espectáculo, perdido todo interés en la histériva, que descarga su frustración en un infante totalmente confuso.

Y la linea de fuego del horizonte se apaga como el hilo de una bombilla que ese niño ya nunca conocerá, y la noche se prepara agazapada al otro extremo, dispuesta a devorar la tarde.