jueves, 21 de mayo de 2015

ni una sola nube a la vista...

Miro al cielo, y en su despejado azul cobalto, imagino nubes de un blanco sucio acumulándose, mientras la luz del sol se torna hiriente y la tormenta, con su cegador brillo, promete su pronta presencia.

Pero parpadeo y la ilusión se vuelve a tornar azul cobalto, mientras mi mirada escudriña cada grado a mi alrededor, suspirando por una interrupcción que sólo llega desde el cegador amarillo que me baña justo encima.

Ni una sola nube a la vista, ni una tormenta siquiera en sueños, y toda la tarde por delante para que el aire aún se vuelva más tornasolado y ardiente.

El sol empieza a arrancar pequeñas chispas al aire, mientras veo como tiembla sobre el negro asfalto. Aspiro el aire, en busca de humedad, pero lo único que contiene es el aroma a primavera, cargado de polen y alergia.

Lluvia, es nombrarla y todos te miran con un deje de molestia y odio, aunque no cejarán de quejarse del calor, mientras suspiran para que mañana siga haciendo sol. ¿Cómo no desear que desaparezca o pierdan la capacidad del habla? La del raciocinio no hay temor por que la pierdan, cuando demuestran que jamás la han tenido, aunque últimamente se obstinan en demostrar que pueden ser aún más estúpidos si cabe.

Mientras trato de convencer a mi intento de inmortalidad la importancia de conocer el pasado para evitar repetirlo, la epidemia de la estulticia se expande con preocupante celeridad, tratando de borrar toda huella de pasado, de memoria, con la más baladí de las excusas, sin tener en cuenta la verdadera razón, la pereza por conocer y el deseo de erradicar todo intento de que nadie tenga ganas de conocer, de borrar los sueños y la capacidad de soñar del prójimo para así poder subyugarlos en la idiocia y la mediocridad y solazarse en su propia estupidez que les permite controlar la estupidez y mediocridad de todos los demás.

Subyugar a alguien sin sueños ni conocimientos ni recuerdos de que algo diferente y mejor existe es más fácil. Así, eliminando a las dos o tres generaciones que aún mantengan esos recuerdos, aterrorizando a las que no los tienen para que no tengan tentaciones de preguntar a los que aún los conservan y delaten cualquier intento de transmitirlos, es el afán de suicidio social que nos toca vivir en estos convulsos años.

"Vivirás años interesantes", decían como en una maldición, pero esperábamos que fuesen años de nuevos descubrimientos, no años de vuelta al oscurantismo. Pero qué nos ha de extrañar en tiempos en los que las nuevas modas consisten en repetir el pasado, como si fuese algo nuevo y desconocido, que debe serlo para estas generaciones con memoria de pez y terror a recordar algo que tenga más de un minuto de antigüedad. Era de preveer que llegasen a ese momento terrorífico y oscuro en el que todo conocimiento y recuerdo que quiera erradicar, extirpar y estigmatizar.

Nos dispersamos en un millar de cosas sin importancia y, por intentar destacar, queremos dar importancia a las cosas más baladís, sin querer percatarnos que los que de verdad están acabando con la variedad son los que están desterrando y arrasando con las cosas que sí tienen importancia.

Y el cielo sigue azul, cada vez más azul. Quizás sea bueno y, cuando no quede una gota de agua sobre sus blanqueados y estúpidos esqueletos, se pueda volver a empezar con un nuevo intento sobre el polvo de su olvidado recuerdo.