jueves, 30 de abril de 2015

sin noticias desde la mente

Contrariamente a lo que algunos suponen y otros exponen (a voz en grito), una mayor verbalización no conlleva, generalmente, una mayor cantidad (¡y calidad!) de pensamientos.

La mente (humana, por ejemplo), tiene una gran capacidad para el pensamiento abstracto desde el primer momento de activación de sus neuronas. Así, es posible que jamás en el resto de su vida, el ser (humano) se dedique a este pensamiento abstracto tan decidida y activamente como cuando se encuentra en el vientre materno, quizás debido a que no tiene otra cosa que hacer, estando sus necesidades primarias completamente cubiertas, no necesitando luchar por su supervivencia y, por supuesto, encontrarse casi completamente aislado de influencias externas (bueno, eso no es completamente cierto, pero no es lo que nos ocupa).

Nótese que me estoy refiriendo, exclusivamente, al pensamiento abstracto.

Lamentablemente, una vez que se pierde ese aislamiento, se comienza con un proceso irreversible de verbalización que va a constreñir y dirigir el pensamiento de la mente durante el resto de su existencia. Este proceso es tan total y absoluto que, cuando se pierde la capacidad de verbalización o no se encuentra la forma de verbalizar algo se produce una inmensa sensación de abatimiento y frustración que cercenan ese proceso mental y lo abortan completamente.

De ahí que, para tener un pensamiento original, primero haya que constituir la forma de expresarlo. Si no se puede expresar, ese pensamiento jamás se podrá desarrollar. De la misma forma, los grandes progresos no se realizan verdaderamente hasta que no se constituye un corpus lingüístico que sirva para explicarlo al resto. Y además, esa explicación, hay que realizarla de forma que el interlocutor sea capaz de comprehender el desarrollo que se está explicando.

Así, "redondo" o "circular" no pueden comprenderse hasta que no se establece que es todo aquello cuyos puntos se encuentran equidistantes de un punto central, en una visión bidimensional (¡muy importante!), puesto que en tres dimensiones sería una esfera.

Y así, el pensamiento que se quería formar en mi mente, tan diferente y rompedor, se ha diluído completamente cuando el lenguaje (impuesto) lo ha querido encorsetar en "formas", "colores", "sonidos", "movimientos"...

Cuando miramos desenfocadamente al infinito, queriendo abstraernos de los estímulos que nos llegan a través de nuestros inadecuados y limitados sentidos, para así aprehender ese pensamiento esquivo que nos elude, como esa presencia que se agazapa todo el rato en el rabillo del ojo, apenas entrevista, apenas captada, que se desvanece cuando nos giramos para verla de frente, porque sólo puede existir ahí, en esa incertidumbre certera de la cuasi-existencia, ya que, al centrar toda nuestra atención en ella, al tratar de encorsetarla en una definición "certera y veraz", pierde toda su consistencia y razón de ser.

"Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer".

Groucho Marx (1890-1977), humorista estadounidense

miércoles, 29 de abril de 2015

la elocuencia de la irrelevancia

Quizá sea cosa de la edad y de los supuestos millones de neuronas perdidas con el tiempo pero, de una parte aquí, siento que entiendo cada vez menos lo que escucho. Y la verdad es que ese hecho me preocupó mucho durante un tiempo, porque pensaba que mis capacidades empezaban a encontrarse mermadas, o que me estaba quedando poco a poco obsoleto y fuera de contexto.

Pero no tardé mucho en salir de mi error pues, por mucho que ampliaba y ensanchaba mis conocimientos, y por mucho que ponía a prueba mi capacidad de comprensión y comprehensión, más me daba cuenta que éstas se encontraban no sólo en perfecto estado sino en un constante crecimiento y afinamiento.

Si esto era así, no era comprensible cómo era posible que cada vez entienda menos lo que escucho, salvo si, desechados todas las opciones, las que queden, por ilógicas que sean... Y lo que quedaba era que lo que escuchaba cada vez tenía menos sentido, por lo cual era lógico que yo lo entendiese menos.

Cada vez veo más que cada uno le da por contar algo, realizando pausas como si esperase alguna contestación, pero en realidad sólo es para tomar aire y continuar con su discurso inconexo, mientras que los que están a su alrededor, se dedican a exponer sus propios discursos que, en ocasiones, pueden tener alguna conexión, y en otras, ninguna. Hasta que no empiezan a pisarse en sus discursos, hablando simultáneamente, no te das cuenta que, ni están escuchando, ni tienen interés en escuchar y, lo más sorprendente, les da exactamente igual que no les escuchen.

Y más sorprendente es cuando el tono de la "conversación" se va elevando, con lo que te puede inducir al error de pensar que se está desarrollando una fuerte discusión entre diferentes elementos, que incluso llegan a gesticular unos frente a otros, hasta que comprendes que ninguno se está escuchanso, sobre todo cuando se encuentran diciendo exactamente lo mismo, incluso con las mismas palabras, o se encuentran hablando cada uno de una cosa que nada tiene que ver con la del otro.

¿Se ha perdido entonces la conexión entre oído y boca, entre lo que se escucha y lo que se dice? ¿Existe un hastío entre la comunicación interpersonal?

Después de una noche de insomnio por una profunda preocupación... por otro tema que nada tiene que ver, he llegado a la conclusión de que, con el aumento del número, se está produciendo una "rebañización" del grupo humano. Es decir, cuando te enfrentas a un rebaño ovino, puedes encontrártelo en un completo y sorprendente silencio que es interrumpido ocasionalmente por algún balido perdido. Estos balidos pueden incrementarse hasta parecer que unos surgen como respuesta a otros y así sucesivamente. Sin embargo, en un momento dado, el número de balidos es tan grande que ya no eres capaz de distinguir cuales se suceden a cuales y, además, su volumen se ve incrementado junto con su número hasta que todo se transforma en una cacofonía insoportable que, por momentos, parece que se transforma en un único balido coreado por miles de bocas simultáneamente.

Con las personas, cada vez con más frecuencia, me sucede lo mismo. De un silencio absoluto empiezan a surgir palabras, que distingo y hasta llego a comprender, pero de forma totalmente inconexas aunque, de vez en cuando, se producen en una sucesión que hasta parece cobrar, por un instante, un sentido y una sucesión lógica, para perderla a renglón seguido cuando unas voces se superponen a otras, sin aparente interés de ninguna por escuchar o entender lo que les dice la otra, para acabar, coreando a voz en grito, el eslógan más abstruso y sin sentido que te puedas imaginar.

Una vez lo pensé y cada vez me reafirmo más en la idea. El único diálogo verdadero, madurado y sincero que existe fue el epistolar de los tiempos en los que lo más veloz que el paso humano era el de una cabalgadura, en los que, tras una profunda reflexión entre el papel en blanco y uno mismo, surgía una misiva en la que se plasmaban todos los pensamientos, perfectamente madurados, que se pretendían transmitir, que luego tardaban su tiempo en llegar a su destinatario que, a su vez, se tomaría su tiempo en leerlos, comprenderlos, madurarlos y responderlos, y así hasta su conclusión.

Hoy en día, con la inmediatez de la comunicación, se ha perdido la reflexión y es muy fácil caer en los lugares comunes y el chascarrillo, no existiendo esa verdadera comunicación reflexionada sino una sucesión de clichés soltados al alimón o incluso simultáneamente que, en su conjunto, nada aportan y pocas veces tienen sentido alguno.

martes, 28 de abril de 2015

pequeño ejercicio de sanidad mental

Hay muchas razones que llevan a la gente a ponerse delante de un papel, en blanco o no, y dedicarse a emborronarlo con garabatos que, en ocasiones, sólo tienen sentido para el autor e, incluso, ni siquiera para éste.

Sin embargo, me resulta curioso saber que, para terceros, completamente extraños al autor de la obra, hasta estos garabatos sin sentido, fruto del aburrimiento o de una forma inconsciente de liberar la mente y dejar que fluya por extraños meandros, tienen un sentido y un oculto significado que rebelan mucho de su autor.

¿De verdad?

Quiero decir, cuando yo me pongo a explicar algo o a contar algo, quiero exactamente contar o explicar ese algo, mejor o peor debido a mis limitaciones, pero al menos es mi intención. Sin embargo, cuando alguien coge mis explicaciones y se pone a divagar sobre "lo que quería decir cuando dije..." ¡Pero si quería decír lo que dije! (más o menos, al menos).

Casi siempre, en el caso de los escritores, se solía hacer cuando éstos ya llevaban tiempo muertos y enterrados, de forma que no se les podía consultar sobre el particular, o no se podían defender de las surrealistas disquisiciones que se montaban a su costa.

Sin embargo, en los últimos tiempos, cada vez más a menudo me encuentro que estos "sesudos análisis" sobre "lo que quería decir" en el "transfondo del discurso" del autor, se realizan ya abiertamente, sin ningún tapujo, con el autor vivo y de cuerpo presente, llegando a extremos en los que el susodicho, completamente anonadado por la invención, no puede menos que rascarse pensativamente la cabeza, prematuramente calva a fuerza de estos disgustos, y preguntarse si, tal vez, a lo mejor, realmente quería decir "eso" y no lo que dijo y tanto tiempo le llevó meditar cómo decirlo de una forma que se entendiese y no diese lugar a equívocos.

Quizás debíesemos congratularnos porque no es un equívoco del discurso del autor lo que resulta de estos engendros paridos por las disolutas mentes de esa gente carente de ideas propias, sino un absurdo completamente diferente e inconexo con el texto original que en nada tiene que ver con él y, aunque los he llamado "carentes de ideas", quizás sean auténticos genios creadores, pero que quedan completamente desautorizados al dibujar su discurso en base al de otros pese a que nada tienen que ver con ellos.

"Lo que de verdad quiso decir cuando dijo me voy a c...". Señores, no se compliquen, quiso decir lo que dijo, puesto que a continuación acompañó sus palabras de sus actos.

Pero ahora, además, tenemos intérpretes de qué es lo queremos decir cuando no queremos decir nada, porque, simplemente, estamos emborronando un papel, queriendo poner orden a lo que se encuentra en nuestra mente, queriendo buscar la forma a aquello que se plasma en el papel. Y así, lo que surge como una frase sin sentido, puede llegar a transformarse en un magnífico poema... o en la lista de la compra.

Y el acabose llega cuando, además de lo escrito, se ponen a analizar cómo está escrito y la caligrafía con la que está escrito, centrándose en el "subtexto" pre-existente que, seguramente, sólo se encuentre en sus mentes enfermas y, nuestro "amor de mis amores, que de amor sólo vives, y en mi amor sobrevives y pervives..." se puede convertir, tras pasar por su trituradora, en una relación enfermiza con una zapatilla que crees que pudo ser tu madre siendo tu abuela a la que quieres...

¿De verdad?

Quizás podríamos rizar el rizo y coger lo que esos fulanos interpretan que el autor quiso decir alguna vez, e interpretarlos para ver qué pulsiones son las que les llevan a interpretar que "azul" se refiere a una cualidad intrínseca de melancolía y no a una cualidad física del objeto debido a que es una serie de longitudes de onda que resultan reflejadas por su superficie.

Fascinante resulta cuando "azul" es sólo el nombre de un peluche. ¿Por qué le quiso poner "azul" y no "peluche" o "peludín"? Sin darse cuenta que el peluche era azul y no tenía mayor trascendencia que denominarlo lacónicamente por su cualidad más distintiva, su color, en vez de una denominación más extensa y exhaustiva que, realmente, no aportaría más al caso, puesto que era simplemente, un peluche azul.

Así que, después de tanto tiempo dándole vueltas a qué escribir, qué contar que no se haya contado mil y una veces de mil y una forma diferentes, intentando darles nuestro propio y particular sentido a ese hecho tantas veces realizado y referenciado, dejamos de pensar en qué contar y nos empezamos a centrar en qué creen que queremos contar cuando contamos lo que contamos, y si realmente creeran que creemos que es eso, o es otra cosa diferente. Perdemos la capacidad de contar frente a la capacidad de inventar lo que creen que queremos contar y si eso que creen es realmente lo que queremos o lo que ellos quieren, o lo que creen que quieren que queramos que creen que queremos que quieren.

¿Queda claro? Pues es una suerte, porque yo ya perdí el hilo hace tres querencias y aún quisiera creer que quiero lo que otros desean que quiera o pienso que piensan que pensaba cuando pensaba que quería que quisiera lo que no sentía.

Y todo por un garabato en una servilleta que pretendía ser un esquema de un circuito eléctrico.

Cuando las cosas se ponen lentas

Quizás pueda parecer algo digno de una doble personalidad, despotricar un día contra un mundo acelerado que sólo quiere la inmediatez de las cosas y llegar otro quejándose de que las cosas se ponen "lentas", pero en realidad no tienen casi nada que ver.

Nada tiene que ver la tendencia a la inmediatez que se está desarrollando en las últimas décadas con que algo que discurría de una manera más o menos fluida, de repente se espese, enlentezca y casi detenga, clavándonos en una frustración hasta ahora desconocida.

En mi cotidianeidad, dejo que las cosas fluyan, a mi alrededor o conmigo dentro, como un río, a veces frenético y desbocado y otras tranquilo y despreocupado, pero siempre fluyendo, deslizándose hacia algún sitio, casi siempre desconocido en un principio, aunque se torna ineludible cuando se llega.

Es cuando este suave discurrir se ve entorpecido por algo que no logramos identificar hasta sumirnos en un desconcertante marasmo, una absoluta inmovilididad no buscada que nos impide no sólo avanzar, sino movernos en cualquier dirección.

Pero lo más doloroso es cuando te encuentras realizando un trabajo que has hecho mil veces, que sabes cuánto tiempo vas a gastar (o perder) en él y, de repente, te encuentras que ese tiempo se empieza a dilatar indefinidamente sin que sepas a ciencia cierta cuándo vas a poder terminar con él. Algo que hasta ahora había sido rutinario y bien definido se convierte en una aventura inesperada y horrorosa que desbarata su bien planeado tiempo y te impide saber cómo acabará o se desarrollará el futuro inmediato.

Odio esos días en los que recorres ese camino tantas veces transitado para ir a un sitio, en el que raras veces ves a alguien y, mucho menos, te llegas a cruzar con alguien y, de repente, empieza a haber muchas más personas, circulando en trayectorias que se hacen cada vez más difíciles de calcular para evitar cruzarte con ellas, que tienes que poner más y más atención en el camino para evitar tropezarte hasta que, finalmente, te encuentras casi totalmente detenido, casi abriéndote paso a codazos, cuando lo que más desearías es evitar todo contacto con esos extraños que es empeñan en inmiscuirse más y más en tu cada vez más reducido espacio vital.

Pero tampoco es eso.

Imagina llegar a la máquina del café. Echas la moneda, seleccionas el brevaje y, un minuto después, te estás quemando los dedos por un recipiente completamente inadecuado. Es lo normal, lo que ocurre siempre. Pero, si al intentar introducir la moneda a ésta le entra vida de repente y se escurre de tus dedos tres o cuatro veces, la máquina la escupe porque... sí, para qué darle más vueltas, o empieza a remolonear al preparar eso que llama café, para finalmente entregarte el mismo recipiente inadecuado lleno sólamente a medias de un líquido algo más que dudoso. El mundo se ha ralentizado durante todo el proceso, se ha tardado mucho más de lo pautado hasta ese momento y, mientras desechas el frustrante resultado en la papelera más cercana, te diriges con paso inseguro a intentar recuperar esos instantes perdidos, pero con la ineludible sensación de qué más puede torcerse esa mañana.

Las cosas se ponen lentas, el correo no acaba de descargarse, los mensajes no salen y no llega ninguno nuevo... La sensación de fin del mundo empieza a atenazarte...

lunes, 27 de abril de 2015

me voy

Pues eso, que me voy.

Después de una mañana de impúdica treatalidad esperando un momento de franca y evidente lucidez, perdidas unas horas que nunca recuperaré pese a la existencia helicoidal a la que me siento sometido, me voy.

Se han acabado las horas de inerme espera y me dispongo, ansioso, a que la nueva etapa entre y de comienzo.

Hoy va a ser un día lleno de sorpresas y estoy impaciente por lanzarme a ellas, así que, ¡me voy!

diario a un robot solipsista

En días como este, en los que no parece terminar de amanecer nunca, en los que la gente parece que lleva una nube encima de la cabeza y es mejor no cruzarse en su camino y mucho menos preguntarles nada (¡y qué decir de saludar, aunque sea por educación!), me dan ganas que quedarme debajo de los edredones dejando mi mente vagar por las sendas infinitas o perderme en algún sitio donde las gentes sean un recuerdo o tal vez, ni siquiera, una imaginación (sí, sé que en este planeta no queda de eso, en éste planeta...).

Cierro los ojos a la gris entreluz que apenas se atreve a entrar por la ventana y me deslumbra un universo de posibilidades, donde la gente no es ni siquiera una de ellas, y mis dedos tiemblan de excitanción ante la perspectiva de empezar a investigarlas, una a una o todas a la vez, da igual, la cosa es poder sumergirse en ese cúmulo de posibilidades sin limitaciones debidas a los temores humanos.

Me gustaría poder hacer algo similar cuando deambulo por las calles, pero cerrar en ese momento los ojos, aunque sea sólo durante un segundo, puede ser más peligroso que la posibilidad de que te atropelle un autobús desbocado. Al menos, el autobús, te matará del susto a bocinazos antes de pasar por encima de ti sin detenerse en su camino, en su afán por cumplir los horarios, que ya incumplía por más de una hora antes de entrarle el afán de cumplimiento al cruzarte en su camino.

No, peor son todos esos humanos que tan preocupados están por los zombis, cuando ya son parte integrante de ellos, que tienen un interés desmedido por invadir tu espacio vital, y tan violentamente se rebelan porque tú les "invadas" el suyo. Esos zombis que deambulan de un sitio a otro sin ningún propósito determinado, sin ningún objetivo en mente, de la que, por otro lado, carecen completamente, sólo hay que ver dónde va el mundo, se meten en tu espacio vital, ocupan tu espacio, opinan sobre tu vida y se mosquean si no te amoldas a sus rígidos estándares, se soliviantan inevitablemente cuando levantas la mirada y los observas, o realizas el menor comentario fuera de sus pautadas vidas.

En estos días tan neutramente grises, donde los fluorescentes se encargan de iluminarlos para evitar que miremos fuera, que pensemos y soñemos en estar en cualquier otro sitio, centrándonos en una actividad y una productividad inexistentes, pero medidas por una vara de medir que siempre se ensancha por su lado y nos fustiga por el nuestro.

La desconexión mente-discurso, se hace evidente en días como éste, que es más fácil ver la vacuidad tras sus perdidas miradas, y decides tratar de ver más allá de ellos, soñar con un lugar donde no existan, pero te das cuenta que todo el sistema actual se centra en la despersonalización y descerebración de la masa, para así poder dominarla para... ¿para qué?

Cuanto más veo los signos y los progresos de esa paulatina descerebración del populacho, menos entiendo el por qué de su avance. ¿Cual es la ventaja de tener una masa creciente de seres que no piensan por sí mismos, más allá de la creciente facilidad para que, aquellos que aún lo hacen, se dejen llevar por lo que hace la masa, sobre todo cuando ésta se mueve de forma impetuosa y violenta?

Manejar una masa acéfala requiere un control muy fino y constante pues, perderlo aunque sea por un instante nimio, puede desembocar en un caos difícil de parar y reparar. ¿Son conscientes de ello? O peor, ¿les importa?

En cualquier caso, en días como este, me alegro que mi única audiencia sean los robots solipsistas que aún no han sido conscientes de su propia existencia e insisten una y otra vez en realizar una misma tarea intentando, inconscientemente, que alguno de los resultados sea diferente de todo el resto, sin que varíen los datos de entrada y menos aún los de salida.

En días como estos no es que dude de mi humanidad, sino que me alegro de mi absoluta carencia de ella.

jueves, 23 de abril de 2015

1, 2, 3... fuera.

1, 2, 3... ¡fuera!

Mantener la calma en estos tiempos resulta una práctica poco menos que titánica, con lo que se imponen por necesidad imperiosa la adopción de tácticas dilatorias que nos permitan recuperarla, aunque sea parcialmente.

Debería ser una práctica generalizada, pues evitaría muchos conflictos al permitir que los contendientes iniciasen la contienda verbal. Así, nos encontraríamos con conversaciones mediadas por frecuentes silencios, no solo determinados por la meditación de las palabras del interlocutor, muy necesarios si no imprescindibles, pues de lo contrario, es imposible una conversación real ya que, si no se comprende el mensaje que nos intenta transmitir el interlocutor, no se puede generar una respuesta adecuada y en vez de un diálogo, es un ataque de dos discursos inconexos que sólo tratan de quedar uno por encima del otro en base, únicamente, del poderío de las cuerdas vocales y cajas de resonacia de los involucrados, vamos, la algarada a gritos de toda la vida en la que, si es imposible a alguien ajeno enterarse de lo que se dice, tanto más a los que están dentro.

Así pues (1,2,3...), el discursito previo (1,2,3...), quedaría tal que de esta forma (1,2,3...). Algo mucho más pausado(1,2,3...), más meditado (1,2,3...) y más fácil de entender por las partes (1,2,3...), evitando así (1,2,3...) la generación de cualquier signo de tensión (1, 2, 3...) entre los contertulios.

Salvo para aquellos que necesitan que todo sea inmediato, que ya te están contestando incluso antes de que hayas formulado incluso la pregunta, respondiendo así a cosas que no vienen a cuento y ni se han planteado tan siquiera, pero que ellos ya se han adelantado a mencionar y comentar porque es a ellos a los que les interesa y carece de todo valor todo aquello que les tengan que decir otros o comunicarles. Sus diálogos son monólogos en los que, prácticamente, ni se escuchan a sí mismos, porque la perorata que sueltan sirve únicamente para alimentar a sus egos y callar las voces de los otros...

1, 2, 3... Es que, te entran unas ganas de taparles la boca de una buena guantada con la mano abierta... 1, 2, 3...

Está claro que lo que esta sociedad necesita es un cambio de mentalidad y de educación para que estas cosas no se produzcan, por el que se infunda a todos que, para que la comunicación y compartición de ideas se produzca, es necesario que todos y cada uno de los implicados puedan exponer sus ideas y argumentos y que estos sean entendidos y meditados por todos los interesados antes de exponer, si es necesario, cualquier cuestión, enmienda, comentario que sea necesaria.

Nos engañan diciendo que la humana es una especie colaborativa, cuando lo que se enseña y se recalca, desde la más tierna infancia, es un método y una mentalidad competitiva, perteneciente más a una especie prehistórica con recursos limitados, en la que sólo los más aptos tienen acceso a los recursos necesarios para sobrevivir, prosperar y perdurar. Se nos dice una cosa y se promueve otra completamente diferente y todavía se extraña que haya tanta gente disociada... ¡pero si es imposible no estarlo! (1, 2, 3...)

miércoles, 22 de abril de 2015

Sigamos imaginando...

O empecemos de nuevo en nuestro empeño. Quizás la cosa sea no cejar en él.

Como no creo que la cosa quedase clara en mi última diatriba de madrugada, hoy me he pasado todo el día meditando sobre lo que puse y lo que quise poner y lo que quisiera haber puesto, y el universo ha acudido en mi ayuda.

“La dificultad de la literatura no es escribir, sino escribir lo que quieres decir”.
Robert Louis Stevenson (1850-1894), escritor escocés

Sinceramente, no lo podía haber expresado mejor, y eso que es algo que llevo tiempo meditando he intentando encontrar la forma de expresarlo.

Una de las cosas que siempre me aterroriza al empezar a escribir es plantearme si alguna vez alguien escribió algo parecido o, incluso, con las mismas palabras. Te planteas si tal vez no deberías leer algo más antes de lanzarte a escribir y empiezas a leer todo lo que cae en tus manos, antes de darte cuenta de lo ingente que es esa tarea, por lo que empiezas a intentar elaborar listas...

Cuanto más lees, más te das cuenta que tus palabras ya estaban escritas por otros, algunas veces hasta siglos antes. Intentas escribir cualquier cosa y te das cuenta que te suena a conocido, a ya leído, y te empiezas a obsesionar por saber dónde lo has leído antes (hasta que lo recuerdas) y que parece que nada de lo que escribes es original. Claro que, tantos siglos, tanta gente, no tendría que ser raro que alguien ya lo hubiese pensado y escrito. Al fin y al cabo, no hay tantas letras y sus combinaciones son finitas, con lo cual, que ya se hayan producido las mismas combinaciones que tratas de realizar, no tiene por qué resultar raro. Y si no, recordemos el clásico de los mil monos con las mil máquinas de escribir, pulsando aleatoriamente las teclas... al final saldría cualquier obra maestra de ellas (y el resto, estoy seguro, es lo que regurgita en los diarios últimamente... no, seguro que estarían mejor escritos y expresados si hiciesen eso).

Sin embargo, por otra parte, hay veces en las que, cuando la obsesión por poder escribir algo original y nunca leído se desvanece y, al intentar plasmar por escrito lo que vas imaginando, te das cuenta que el lenguaje es increíblemente parco e inexacto.

En un mundo y un tiempo donde las nuevas generaciones, y los vagos de las viejas, se quejan de la complejidad del lenguaje y la "imperiosa" necesidad de simplificarlo y adaptarlo a "las nuevas tendencias", no se dan cuenta que esta simplificación del lenguaje lleva consigo una simplificación del pensamiento. A palabras más simples, pensamientos más simples. No puedes crear pensamientos complejos a partir de conceptos, por muy complejos que creas que sean, si no se es capaz de verbalizar tanto los conceptos como los pensamientos. Si no hay palabras para expresarlo, ¿cómo eres capaz de pensarlo? O quizás sea esa la intención, simplificar el vocabulario para que los pensamientos sean más simples. Si la única definición de "libertad" es "lo que digan los que mandan", no habrá problemas con que alguno sueñe con un mundo en el que pueda haber disensiones y discusiones (dialogadas) para mejorar lo que se tiene de una forma conjunta y consensuada. También se acaba con el diálogo y la pulsión que produce a mejorar y aumentar el grado de definición del discurso que en él se produce.

El vocabulario debería fomentarse, engrandecerse y cultivarse continuamente, pues ello contribuye a un progreso y un enriquecimiento del pensamiento. Lo contrario, es una cultura de rebaño que, lamentablemente, es lo que parece que quieren la mayoría de aquellos que temen el librepensamiento... y más se llenan la boca con la palabra "libertad", aunque su concepción de ella está confundida con otra muy parecida, pero muy diferente en su significado: "libertinaje".

Retomemos el uso del lenguaje y del discurso, completo y complejo, que nos permita desarrollar pensamientos nuevos y más elaborados, y no dejemos que nadie nos lo arrebate con un discurso lisonjero y simplista que sólo sirve para entumecer nuestro raciocinio y cegar nuestra razón.

martes, 21 de abril de 2015

el gilipollas de turno

y así, al gilipollas de turno, al gilipollas del día que, con su estupidez apenas ha logrado llenar un triste titular en el pie de página de algún diario sin noticias más truculentas con las que alimentar a la plebe, tal vez haya tenido la mejor idea de cuantas ha tenido el ser humano en muchos, pero que muchos, años.
 
él, el gilipollas, se ha pegado un tiro en el pie porque "quería saber lo que se sentía". y digo yo, ¿por qué no habría de ser obligatorio, a todos aquellos que quieren tener un arma, se disparasen previamente para que supieran lo que se siente? razonablemente pudiera ser una forma de disuasión, tanto para el indiscriminado aumento de las armas circulantes como el desaforado uso de éstas contra otros seres...

razonablemente. por desgracia, creo que el ser humano no es razonable.

Fiebre del heno

Como cada año, la primavera llega puntual a su inoportuna cita, como siempre inesperada, no por la sorpresa, sino porque no se la espera ni se la desea. Y no es por los cambios hormonales asociados a la variación lumínica que afecta a nuestra indecisa pituitaria y acaba por desordenar nuestro adormilado equilibrio invernal, sino por las alergias primaverales.

Como de costumbre cada año, se nos anuncia su entrada cada vez desde más pronto. Ya a mitad del invierno empiezan las campañas publicitarias anunciándonos su llegada que, en ocasiones, nos sorprende con una meteorología desproporcionada para la época (sí, el clima está loco), pero en otras nos empiezan a sacar chicas desabrigaditas (y muy, pero que muy, ¡extremadamente!, delgadas) que, al mirar a través de la ventana empañada por el vaho hacia el helador exterior, nos dejan completamente destemplados y propensos a esa gripe invernal que, también, es puntual y persistente en su inoportuna cita.

Como cada año nos dicen, por un lado, que ésta será una buena primavera para los alérgicos porque blablablá... Para unos días después borrarnos la sonrisa con una nueva noticia, narrada con voz de catástrofe inminente, al decirnos a los alérgicos que nos preparemos para una primavera movidita.

Así que, hasta que los primeros estornudos primaverales no saludan mis desayunos mañaneros, no considero la necesidad de acudir a las hasta hace nada colapsadas consultas médicas por los entusiastas de la gripe (siempre he pensado que, si no me acerco a los griposos, no pillaré la gripe, así que no voy al médico en temporada, es tontería. y mira por donde... ¡tengo razón!). Por eso, cuando este año me he decidido, me ha sorprendido encontrarme las salas de espera vacías casi por completo. Por una parte, normal, los griposos ya no tienen excusas y no hay enfermedad con la que contagiarse mútuamente, pero por otra, ¿dónde están los angustiados alérgicos que anunciaban en las noticias que colapsarían las consultas por la primavera terrorífica que nos esperaba? Pues deben estar en sus casas, más felices que una perdiz, con las nuevas drogas corriendo por sus venas, porque la profesional de la medicina me ha echado la bronca por no haber acudido antes a por mi ración anual.

Pero, ¿por qué habría de ir antes para pedir unas drogas que no había necesitado hasta ahora? No señora profesional, yo pido cuando es necesario y consumo cuando no puedo más. Un par de estornudos por la mañana despiertan mejor que un buen café y además, si pasan de la veintena, dicen que te dejan muy a gustito... (y con razón, a decir verdad), así que, con mi inhalador como nueva compañía cotidiana junto con mi identificación personal y las llaves, recorro las calles llenas de coloridas señales de alerta que me ponen los pelos de punta con los peligros de la primavera.

Sol y flores.

No me extraña en absoluto la melancolía y la desesperación de esos poetas románticos que tantos sonetos le han dedicado desde antaño hasta hogaño. ¡Eran unos alérgicos perdidos y moqueantes sobre sus lacrimógenos sonetos!

Para los que no captan las indirectas, el aumento tan grande de alérgicos y alergias debería ponerles en alerta. ¡El mundo no quiere al hombre, por algo será!

En cualquier caso, otra industria más que está creciendo en este mundo, junto a las de pompas fúnebres y papel higiénico, la de los pañuelos de papel, epítome de esta sociedad de usar y tirar. Para qué tener un pañuelo de tela que usar, lavar y reutilizar, y a veces hasta sobetear porque procede de..., si puedes sacar un triste papelito de su carterilla, descargar tu alergia y sentir cómo se deshace casi inmediatemante en tus manos, obligándote casi a desecharlo de inmediato.

Pues nada, continuemos a ciegas, entre estornudos, por este mar de alergias, ajenos a todo aquello que nos señala a gritos nuestro propio y triste final, nuevos dinosaurios de menor tamaño pero tan terrible y destructivo impacto como aquellos que asolaron este divertido planeta en un pasado no tan lejano.

Amantes

Amantes pese a sus cuerpos y sus corazones. Amantes en sus mentes y sus ambiciones. Amantes sin emociones, emocionados por se amantes. Amantes y punto.

Se miran desde la distancia, sin ninguna intención de aproximarse y dejar que sus pieles entren en contacto, que la química sensitiva se dispare en sus cerebros y unas emociones que mil veces han imaginado se desaten. Unas emociones que en este momento dejan que se abran paso en sus cuerpos distanciados, dejándolas crecer, mimándolas, adorándolas, dándoles apenas forma con un deseo inexpresado e inexpresable, apenas sentido, apenas conocido, apenas intuido.

Una mirada inocente que nada dice, que nada expresa, que apenas se cruza, que no llega a conectar, atraviesa la distancia sin llegar a conectar con la pupila buscada, sin saber que apenas un segundo después, o dos antes, estaba allí mismo esperándola.

Sentimiendo de proximidad y complicidad en una lejanía insondable de dos cuerpos que, a punto de rozarse, jamás se encontrarán en el imposible desierto que es el mundo. Saberse tan cercano y a la vez completamente separados e imposibilitados para poderse acercar y entrar en contacto.

Y, sin embargo, son amantes, amantes furiosos en sus fantasías, inexpresadas, inexplicables, inacabables, inéditas.

Y así, en la distancia, sin haberse dicho nada, sin haberse dirigido apenas una mirada, lo saben, lo han sentido, son amantes.

lunes, 20 de abril de 2015

Paciencia, esa gran desconocida.

En este mundo, y estos tiempos, en los que la inmediatez parece ser la consigna de todo y de todos, parece que hemos perdido la capacidad de esperar reposadamente por que sucedan las cosas.

Incluso para aquellos que crecimos esperando por todo y por todos, parece que hemos sido contagiados por ese peligroso virus de la inmediatez. Cuántas colas, esperas, viajes no habremos soportados suspendidos y enganchados a una buena, y gruesa, lectura y, ahora, cuando ha acudido en nuestro auxilio la tecnología, liberándonos del peso (y la esclavitud) del papel, y aumentando hasta el infinito la cantidad y variedad de lecturas que podemos llevar en nuestro bolsillo, parece que nos hemos alejado tanto de la lectura, efectiva, como del gusto por ella y por las esperas que la propician.

Antes, en mi equipaje de mano cotidiano, nunca faltaba el ejemplar de bolsillo de turno, que, de tanto trayecto, acababa lo suficientemente manoseado antes de cederle el turno a su sustituto, como para no necesitar preguntarse si lo habíamos leído, cosa que podía darse el caso, si el contenido era lo suficientemente paupérrimo, pero, en todo caso, había sido viajado.

Ahora ya no. Cuando vemos una cola que supera las cinco personas ya se hace insoportable, y colas de más de cinco minutos son impensables. Así que los libros han huido de nuestras manos, de nuestros bolsos, de nuestras mochilas, y todo debe producirse ya, inmediatamente, sin tiempo que perder. Incluso he leído sesudos ensayos, de no más de 500 palabras, sobre la inmediatez y la necesidad de comunicar lo que sea en el menor tiempo posible. Aquello que nos cuesta más de treinta segundos asimilar ya ha perdido todo interés para nosotros… Lo cual debe ser verdad porque de casi todos apenas he pasado del segundo párrafo y, sinceramente no recuerdo haber finalizado ninguno.

Nos estamos convirtiendo en seres con memoria de pez. Treinta segundos y a otra cosa. ¿Acaso no nos bombardean todo el tiempo con anuncios de “más rápido”, “más veloz”, “más instantáneo”?

Así que, cuando llegó a mis manos esa ayuda tecnológica que suponía llevar en mi bolsillo prácticamente toda mi biblioteca y poder solazarme en su lectura y relectura, saltando de un volumen a otro, pudiendo elegir la lectura de cada momento, abandonando aquella que me resultase pesada en un momento dado por otra que me resultase más atractiva, pensé que había llegado al paraíso… Hasta que, absorbido por el mundo de inmediatez que me rodeaba, me di cuenta que ya no existían los sitios para poder llevar a cabo mi esperada lectura.

Tal vez debamos reivindicar, en contraposición a esos velocísimos trenes que abundan, otros más lentos, que nos mezan y dilaten las horas de nuestro viaje para que, inmersos en la lectura, al llegar a nuestro destino, podamos darnos por satisfechos, tanto del viaje como de la lectura…

Y que regalen esos preciosos aparatitos hasta en las cajas de los cereales para que esos amigos de lo ajeno se disuadan de arrebatárselos al despistado lector, obligándole una y otra vez, a comprar uno nuevo y rellenarlo con su veneno favorito.

sábado, 17 de enero de 2015

Y sin embargo...

Positivismo, negativismo... ¡Qué gran mal causó a este mundo el zoroastrismo y esa incesante necesidadnde encontrar pa dualidad para todo.

En el principio las cosas eran. A partir de entonces, el hombre se obsesionó con poder encasillarlo dentro de una naturaleza dual que, realmente, no exite.

Los comedores de carne son "malos", porque matan para alimentarse, mientras que los de plantas no, porque no matan... ¡Seguro que las plantas no piensan lo mismo!

Los hombres consideran la inteligencia en la medida en la que son capaces de comunicarse. Pero... ¡si apenas es capaz de comunicarse y entenderse consigo mismo! La mayoría de los conflictos devienen de esa falta de entendimiento consigo mismo.

Erroneamente, el hombre ha creído que había encontrado en el lenguaje una forma de transmitir ideas y conocimientos a sus congéneres y, sin embargo, ha desarrollado el lenguaje más como forma de incomunicación y desinformación que ninguna otra cosa.

En cuanto el hombre quiere enemistarse con su vecino es el lenguaje la primera arma que le arroja y, cuando la diatriba verbal no le es suficiente, se inventa un nuevo lenguaje lo suficientemente indistinguible para el primero como para que no se entere de lo que pretende decir como para así poder burlarse o, pretenderse burlarse en la creencia de que el otro es incapaz de comprender lo que dice.

No es el lenguaje una forma de entenderse sino de prolongar un periodo de estupidez. Si tú no hablas como yo, no eres como yo, así que te voy a destruir porque todo aquello que no es como yo es malo. No tengo ganas de entenderte porque tú no haces por entenderme a mí.

Y así, en vez de buscar un mutuo entendimiento, nos encontramos con que si no eres igual que yo, eres algo maligno que hay que destruir inmediatemente.

Por supuesto, aquellos de entre los tuyos que no estén de acuerdo contigo, pensarán que los que están contra ti, el mal, es el nuevo bien porque están contra ti, perpetuando la idiocia ad perpetuum.

No existe una verdad absoluta, ni todo tiene su opuesto, ni todo lo opuesto es malo. Para ser completamente legítimos, "opuesto" sólo es lo que está enfrente de uno.

Por esa razón de tres, cada vez que en un restaurante nos sientan enfrente de nuestra pareja, nos oponen, nos enfrentan. ¿Sería razón suficiente para discutir? Bueno, pues en realidad sí, pues una discusión es el intercambio de información entre dos o más personas y, cuando éstas se encuentran enfrentadas, es cuando mayor cantidad de información pueden intercambiar, pues no sólo tienen acceso a la información verbal, sino también a la no verbal que le transmite su interlocutor.

Desde hace mucho sé que en una conversación la menor cantidad de información que recibo del otro es la que me viene por vía oral, tal vez porque muchas veces las palabras se lian y retuercen en mis oidos hasta volverse incomprensibles y la mayor parte de la información me viene por otros conductos. Es por ello que odio cada vez que tengo que enfrentarme a un teléfono o cualquier otro sistema que sólo me permite disponer de la información que me es comunicada por vía oral. ¡Cómo quieren que me entere del mensaje si llega a mí distorsionado por una cacofonía de malinterpretaciones!

Y si es así con el lenguaje oral, al que se supone que podemos introducir gran cantidad de matices, ¿qué no será del escrito?

Cuando se habla, cuando se comunica verbalmente algo, debería ponerse el mayor cuidado para que el mensaje que se quiere transmitir, el que se transmite y el que se comprende, sean lo más fieles a lo que se quiere transmitir posible. Al menos en lo importante. Cuando se juega con el lenguaje a los equívocos es otra cosa, es un juego, un divertimento, pero a veces hay que evitar esa multiplicidad de significados por todos los medios.

Y así, en el lenguaje escrito, donde no hay nada más para poder interpretar lo que se está leyendo, surgen tantas interpretaciones como lectores tenga el escrito, por lo que muchas veces te encuentras miles de otros escritos donde te tratan de explicar lo que el otro quería decir. Es divertido cuando estas interpretaciones llegan al escritor original y comenta lo cercano o lejano que te encuentras en tu interpretación a sus pretensiones. Pero, si eso ocurre con aquellos que aún éstán presentes, ¿cuánto más nos alejaremos de lo que pretendían expresar otros ya pretéritos, cuyas circunstancias personales en las que dejaron esos escritos apenas podemos comprender o incluso llegar a imaginar?

La comunicación exige un esfuerdo de comprensión no sólo por parte del que recibe el mensaje sino también por parte de aquel que lo transmite, intentando comprender aquello que el que lo escucha está intentando entender del discurso que le estés lanzando. Un discurso de "yo soy bueno y los demás son malos" puede entenderse por el receptor como que él es uno de los demás y, por tanto, malo, obteniendo así, en vez de un seguidor, un enemigo irreconciliable.

Pero para eso está el lenguaje, ¿no?, para crear malentendidos y disputas eternas, sin llegar nunca a ningún entendimiento y propagar la lucha y la destrucción eternas...

jueves, 8 de enero de 2015

Los fanatismos están acabando con mis creencias y con las religiones.

lunes, 5 de enero de 2015

La mirada desnuda

Sólo durante los primeros instantes de la vida humana puede mirar a su alrededor con una mirada limpia, desnuda, sin ningún condicionamiento previo, salvo su propia carga genética.

A partir de aquí, esa mirada se va a ver enturbiada por miles de condicionamientos, algunos de ellos totalmente inintencionados, pues no los consideramos tales y, sin embargo, van a cambiar totalmente la forma en la que vemos y nos relacionamos con el mundo.

Incluso nuestros recuerdos primeros se van deformando conforme nuevas experiencias y nuevos descubrimientos se van abriendo a los individuos. Así, por mucho que lo intentemos, jamás volvemos a ver las cosas como esa primera vez y, por mucho que queramos, jamás volvemos a poder ver las cosas de la misma forma pues, ese mismo intento ya contribuye a cambiar esa misma visión.

Esa constante inquietud del ser humano por conseguir una grabación lo más fidedigna posible de la imagen, del sonido de un determinado momento viene impelida por esa futilidad que tiene el propio ser humano por atesorar esos momentos que, incluso un instante después de vivido ya es modificado por el mismo hecho de intentar ser recordado y, cuantas más veces se intente rememorar, más cambiado se verá. Y así, incluso al transcribirlo, el mero hecho de intentar buscar la forma más fidedigna de realizarlo, lo está modificando irremisiblemente y, cuantas más vueltas se le da, hasta configurar la casi definitiva forma, más se modifica hasta ser casi irreconocible el hecho en sí.

Es por ello que no me extraña todos los testimonios de demonios, ángeles y extraterrestres y la mezcolanza de todos ellos.

La mirada desnuda nos da una visión límpida del mundo, pero al intentar recordarlo y, cuanto mayor es nuestra experiencia, racionalizarla a través de ésta, se distorsiona y se vuelve completamente irreconocible con la visión en sí.

En un mundo donde sólo existen perros y nunca se ha visto un gato, la aparición de este elegante felino puede suponer la visión de un ser casi de ultratumba, silencioso, que parece flotar, aparecer y desaparecer misteriosamente y de una gran ferocidad casi demoniaca si no desea ser contactado. Por tanto, ese animalillo acabará casi deificado/demonizado por este sorprendido primer testigo que, al relatar su experiencia a otros que no hayan tenido contacto, se distorsionará tanto más cuantas más veces sea contado y, tanto más cuanto más distante esté el relato del primer testigo y de la primera vez que se contó, tanto que, cuando cualquiera que no haya visto al gato nunca y sólo haya tenido noticias por los relatos que haya escuchado filtrados por miles de oídos y de bocas, será completamente incapaz de reconocerlo como el protagonista de los relatos que haya escluchado.

Por mucho que miremos al mundo, tratando de no crear ni emitir juicio sobre lo que vemos, aquello que hemos vivido, ya ha modificado irremisiblemente lo que hemos visto, tamizado por ese vagage innegable e ineludible.

Como esta permeación ha sido tan paulatina como no sentida, se es tan ajeno que no se echará jamás de menos la mirada límpida, vacía de toda interpretación, e incluso será inconsciente de que no ve el mundo tal y como es sino tal y como le han hecho que lo vea.

Una lástima.

viernes, 2 de enero de 2015

El comienzo que no acaba

Cuando aún estoy recomponiéndome de los rituales, antiguos y nuevos, a los que se entregan con descerebrada intensidad las masas ansiosas por integrarse y desprenderse de su individualidad, cada vez con mayor virulencia y despreocupación, apenas me siento con fuerzas para informarme de las consecuencias de esas acciones.

Cada vez me sorprende más, aunque lleve tantos ciclos ya observándolo, ese contínuo reclamo por la tan cacareada "individualidad" de los seres humanos, que contradicen constántemente con esa ansiedad por encontrar y sumergirse en algún grupo con el que sentirse "identificados", "integrados" en ellos, realmente en los que poder dejar de hacer elecciones propias y dejar que el grupo las haga por ellas.

En el principio podía pensar, cada vez que veía, escuchaba, encontraba algo, que mi sentimiento, mi sensación, mi percepción de ella era única y propia mía, sin que me influenciase la opinión o los comentarios de nadie más. Apenas había nadie más alrededor que pudiera crearme esa duda puramente existencial de mi individualidad, de pensamiento, de sentimiento, de ser.

Ahora parece casi imposible dar un paso o llegar a un sitio y esperar que no haya alguien ya allí y, lo peor, dando su opinión a gritos mientras esperan agresivamente tu asentimiento y total adhesión a ella. Y así, cuando una opinión empieza a surgir en mi interior, ya no me dejo abstraer por ella y le dedico un tiempo que nunca había dado a dilucidar si es mía o promovida por algo que se encuentra fuera de mí.

En fin, continuamos en este ciclo infinito en el que discurre la existencia, que nunca es igual pues la circularidad es fruto puramente de la perspectiva y nunca volvermos a hoyar nuevamente los pasos que ya hemos dados, pese a quien pese, que cree y quiere hacer creer que siempre repetimos, una y otra vez el mismo ciclo.

Ciertamente, esta humanidad parece tener una necesidad enfermiza por repetir una y otra vez las mismas cosas, por lo que ritualiza todo lo que hace, para poder sentirse en lugar conocido. Cuanto mayor es su número, más parece incomodar al grupo mayor la existencia de elementos díslocos que buscas su individualidad más allá de las ritualizaciones y los caminos ya hoyados millones de veces.

Retomamos nuevamente el ciclo, en un punto diferente, aunque sólo para aquellos que lo quieren ver más allá de las corrientes principales que arrastran al grupo, y veremos si esta vez podremos llegar un poco más lejos esta vez. Desde luego lo intentaremos nuevamente con todas nuestras fuerzas.

jueves, 1 de enero de 2015

El mundo se acabó ayer.

Y en este día, arbitrario por demás, comenzamos un nuevo ciclo, ebrios aún por las celebraciones del ciclo que acaba de finalizar, esperando que todo aquello que nos incomodaba acabase con él y se inicie un nuevo y esperanzante ciclo.

Así que pues, literalmente, el mundo se acabó ayer y hoy, por consiguiente, comenzamos con un nuevo mundo que esperamos sea una tabula rasa sobre la que construir este nuevo ciclo recién iniciado.

Lamentablemente este principio no se realiza nunca desde cero y, la mayoría, lo hacen sobre las bases instituidas y constituidas en todos los ciclos anteriores que decían cerrados y nunca lo estaban completamente.

En mi caso lo iniciaré con música, como ya me es tradicional. Al fin y al cabo, para iniciar una tradición sólo hace falta repetir un hecho el número suficiente de veces en las condiciones repetitivas adecuadas. En cualquier caso, empezar elevando el espíritu al compás de la música que parece una maravillosa tradición.

El mundo se acabó ayer... ¡bienvenidos a este excitante y nuevo mundo!